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Loquillo
Su nombre era el de todas las mujeres
abril de 2011

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Itxu Díaz   |  24/09/2013
Loquillo y Luis Ignacio de Cuenca: un disco para la posteridad
Sé que llego tarde. Pero considero que, por una mínima ética profesional, uno no debe ponerse a teclear sobre un disco hasta no haber bebido hasta sus últimos posos. Hay discos de rápida digestión y épocas que facilitan esa inmediatez. Y hay discos de lenta digestión, y épocas en las que es imposible encontrar un poco de calma para hundirse en uno de esos álbumes mullidos, que se comportan como un mundo aparte, como un sueño.

Hoy puedo decir que he caído a los pies de 'Su nombre era el de todas las mujeres', el álbum de Loquillo basado en la poesía de Luis Alberto de Cuenca, editado a finales del pasado año. Hay una amargura que encierra la belleza y la hace suya, como hay un dolor que se esconde detrás de algunas de las mejores canciones de la historia. Hay algo en lo terrible, y tal vez sea la elegancia al contarlo, que puede hacerlo hermoso, como una fotografía de un escenario de guerra barnizada en sepia. Y este es, quizá, el brillo especial, añejo, precioso, de este álbum de poesía y rock.

Impresionan las letras, emocionan, arañan el corazón. Impresiona la elegancia con la que se canta la desesperación. Impresiona la comunión entre las historias, la música, y la voz de Loquillo, sin duda en el mejor momento de su carrera, mimando cada dicción, cada entonación, cada suavidad, según lo requiere cada una de estas diez pequeñas tragedias.

Si Political incorrectness es un canto a la libertad de pensamiento, un bomba de relojería contra todos los estúpidos tópicos –hoy parece obligatorio creer en la igualdad, en la multiculturalismo, en la maldad innata de Occidente, entre otras "verdades absolutas"- que nos ha impuesto la modernidad y la bobada de lo políticamente correcto, una carta de presentación, quizá, del pensamiento de Loquillo, el resto del disco transita más bien por las cosas del corazón y del recuerdo, dejando muchas veces hueco a lo terrible.

Allí, en las arenas movedizas de la nostalgia, se oculta Cuando vivías en la castellana, obra maestra de esa unión tan especial que ha dado el rock y la poesía en esta preciosa colección de canciones: “Cuando vivías en la Castellana / usabas un perfume tan amargo / que mis manos sufrían al rozarte / y se me ahogaban de melancolía”.

Entre la nostalgia, el absurdo y el desgarro del corazón, se enmarca El encuentro, una canción invadida por la tristeza y por la amargura que, como una tarde de lluvia de noviembre, guardo un punto de luz entre el dolor: el de la belleza fotográfica, de la palabra precisa, de la inquietud de ese clima musical que logra crear Gabriel Sopeña –genial en todo el disco-, en la tétrica ambientación de la esmerada interpretación del cantante barcelonés.

Y así continúa el viaje, entre la pesadilla salvaje de Nuestra vecina, la crudeza de La malcasada, y la belleza fresca y brillante de La noche blanca, que blande el corazón del poeta como un trofeo expuesto al mundo: “Por ti, cuando el rocío bautiza las ciudades / tomo la pluma / lleno de tu recuerdo / y ardo”.

Al fin, rompe el disco en un himno de rock and roll, Su nombre era el de todas las mujeres, que cierra esta fiesta, que es también un homenaje a la mejor poesía contemporánea, y en particular, a uno de los mejores poetas de las últimas décadas, en ocasiones injustamente relegado a un segundo plano: Luis Alberto de Cuenca. Pocas veces, como en esta canción se ha descrito tan bien y tal elegantemente, la inclemencia del desencuentro, la pesadilla del olvido: “me cruzaba con ella por la calle y no era ella / quien se paraba en un escaparate / de ropa deportiva, no era ella / quien compraba el periódico en un quiosco / y se perdía entre la muchedumbre / como si hubiera muerto. No era ella. / Su nombre era el de todas l mujeres”. Con razón esta joya da título al que es –ahora ya no tengo dudas- uno de los mejores discos del 2011, de obligada escucha detenida, al calor de un vaso de vino y una botella, a la luz tibia de la penumbra, con muchas horas por delante para degustar cada palabra, cada nota, cada estrofa.

Celebro haber tardado tanto en escribir todas estsas cosas. Porque 'Su nombre era el de todas las mujeres' no es un disco más que pueda quemarse con una escucha breve y un comentario urgente. Es posible que ni Loquillo, ni Luis Alberto de Cuenca, ni Gabriel Sopeña, ni Jaime Stinus, con sus sólidas y extensas carreras a la espalda, sean recordados en España por los siglos de los siglos gracias a este álbum. Da igual. Este es un disco para la posteridad. Es un disco de oro, venda lo que venda, sobreviva lo que se sobreviva. Si la historia cultural de este país no lo admite así, sencillamente, se estará equivocando la historia.
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