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Aquella extraña paz...
Pascual Roel   |   13/02/2009
Utilitarista, pragmática, con las cosas claras, desde sus manos le fluía una sensanción de una paz extraña.
El próximo disco de Conchita me ha llevado a reflexionar y a volver a escuchar su magnífico primer disco. Iba a escribir sobre él, sobre la importancia de Conchita y del impacto que han causado sus canciones llenas de frescura, ingenuidad y sentimiento. Este ejercicio me ha llevado a escuchar otras canciones, a bucear en otros músicos. Con algunas frases de canciones al final las teclas se me han ido y he escrito una historia, que aquí les dejo:

Utilitarista, pragmática, con las cosas claras, desde sus manos le fluía una sensanción de una paz extraña. Se agarraba fuerte, cada vez más. Aproximaba su cara. Aquella fuerza, aquella energía le llevaba a un estado desconocido para ella. Se sentía como si tuviera una red en la que poder caer. Aquel ser había tejido una gran tela de araña sobre la que sostenerse. No era una sensación sexual, no sentía ni nunca lo había sentido por él, pero aquella energía, aquella sensación la llenaba de una forma impensable. Nunca le había prestado atención, nunca había reparado en él, jamás le había dedicado un pensamiento, había sido un ser invisible..., hasta aquel momento. Allí estaba abrazada. sabía que duraría poco tiempo, intuyó que aquello era la síntesis del mundo. En realidad cualquiera se puede agarrar a cualquier tablón para salvarse en el río de mierda que es la vida. Pero ella no tenía la sensación de estar agarrada a nada, sentía liberación. Sabía que no se le perdía nada agarrada rozando aquella piel áspera. Intuía que tenía poco tiempo e incluso notó explotar un pequeño volcán lejos de ella. Ser testigo de eso le produjo mayor sensación de paz, puesto que la energía liberada fue mayor y tuvo la suerte de recibirla toda aquella fuerza...De repente abrió los ojos. Las sábanas rodeaban su cuerpo como si estuviese atrapada en una gran tela de araña. Estaba confusa. Recogió el libro que había estado leyendo antes de dormir, era una biografía sobre un pintor italiano. Estaba confusa. De repente se fijó en una postal religiosa que tenía encima de la mesa y pensó si de verdad existía un Dios. A continuación se fijó en el azúcar que estaba derramado en aquel platillo de café. Pensó en lo desafortunados que eran los granitos de azúcar puesto que nunca había tenido una red en la que caerse, y en lo frágiles que eran al entrar en contacto con el agua. También se fijó en el teléfono. Buscó en la agenda. No se atrevió a llamar. Recogió las mondas de una naranja que habían quedado en la esquina de un plato y dibujó con los trocitos un círculo. Pensó que ese círculo sería su espacio reservado para siempre. Un pequeño espacio de magia, de libertad, de tranquilidad, de paz. Y recordó como aquel ser había tejido una tela de araña para que ella pudiera ascender a ese pequeño mundo. Cogió un libro en una enorme pila de ellos que tenía en el suelo y empezó a leerlo en una página al azar, en aquella página en la que se describía la leyenda de como los espacios de fantasía, de magia, de paz, era el invento más inmortal que había creado la humanidad....Pasó el día deambulando, viviendo así, sin saber si ella sentía lo mismo. No era el momento para que sucediese cualquier cosa ni nada en particular, pero quería volver a tener aquella sensación de paz. Pensara durante años que ya no iba a crecer nunca, pero ahora lo dudaba....

Aquella noche decidió acostarse temprano. Abondonó todas sus rutinas. Se preparó su té tailandés y le hechó azucar. Se fijó en como caían los granos y se disolvían en el agua. Lograrían la paz perpetua al entrar en contacto con el agua? (pensaba). Después se comió una naranja y con los trozos de la monda volvió a construir un círculo, aunque esta vez lo rellenó de más trozitos para hacer tierra y para hacer mar, es decir, para darle contenido. Era su mundo. Lo había construido ella. Nadie se lo podía robar. Había decidido que alguna vez, dentro de ella, se iría allí de vez en cuando en, cuando la vida apretara, cuando lo sentimientos ataran su libertad, cuando lo necesitara a él...

Sus ojos se cerraron rápido. Hacía frío. El libro pronto cayó de sus manos y una esquina se dobló mientras la colcha de la cama resbalaba desde su cuerpo y abrigaba al libro con gran suavidad. Soñó. Seguía en aquella paz extraña. Él era la seguridad, la energía. Ella no quería inventarse ni una gota de amor para él, y ni si quiera le daría ni su traición, ni una misera explicación. No sabía qué estaba pasando. Notaba la boca caliente. Le cogió las manos. Se abrazaron. De repente abrió los ojos y pensó que había en la profundidad de aquellos ojos, en los que se perdía su mirada. Uno frente al otro ella le dijo: es tu último truco, verdad? Ahora, mienteme por favor, le contestó él......

Otro día retomo lo de Conchita, aunque también quiero acordarme de Javier de Torres, de Salva Dávila, de El Refugio, de Harly, ay! de tantas cosas.....
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Pascual Roel es periodista y colaborador de opinión en POPES80.com
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