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Carreras consolidadas
Juan Herrero   |   11/05/2010
Tampoco importa dónde y cómo actuaron, de que medios se valieron para expresarse, cuáles fueron los motivos que les facilitaron un éxito indiscutible durante algunos años.
La historia suele repetirse muchas veces. Nada importan los individuos que se ven involucrados en su espiral. Tampoco importa dónde y cómo actuaron, de que medios se valieron para expresarse, cuáles fueron los motivos que les facilitaron un éxito indiscutible durante algunos años. Son devorados por sus grandes canciones.

Los hay que con su primer disco han roto los moldes de lo que hasta ese momento era lo nuevo y lo divino, la moda del que está siempre a la última. Con ese debut han dado lo mejor de sí mismos. Nunca volverán a igualarse, nunca tendrán tanta frescura ni tanta calidad. Luego vendrá el síndrome del segundo disco, el alejamiento de lo que algún día creyeron como su estilo, el volver a intentar hacer su primer disco y el desaliento por sentirse incomprendidos por el público. Pero entre autodestrucciones habrán conseguido crear grandes canciones no siempre aprovechadas por las oscuras perversiones de lo actual.

Otros en cambio empiezan poco a poco, mejorando con audacia disco a disco, labrando con mástiles de guitarra sus hazañas por los derroteros camuflados del arte, autorizados por un sentimiento innato para componer las canciones que otros no pueden componer, mientras cada día arrumban nuevos fieles a su música. Crecen como lo hacen las flores en primavera hasta dar la flor que florece una vez al año, y quizás en algunos casos una sola vez en la vida. Así de macabro es a veces el destino.

He aquí el problema de las carreras consolidadas que han muerto de éxito. Su mundo, sus vivencias no son las mismas que les hicieron brotan las canciones que consiguieron hechizar al público. Ahora cuando disparan sus balas no atraviesan a nadie, no producen ningún escalofrío, solamente son piedras que descienden lentamente en el agua.

Y las grandes preguntas son ¿qué hacer? ¿Para qué seguir haciendo canciones si no tengo nada nuevo que decir? ¿Merece la pena repetirme? ¿Es más digno abandonar o esforzarme por encontrar a las musas? ¿Qué quiero hacer con mi obra?

Bajo la opresión del dedo acusador que sentencia a pena de muerte, sólo es posible salir con la honestidad y el sacrificio del que se ofrece dando lo mejor de uno mismo, lo mejor de su trabajo, lo mejor de su oficio. Aunque sea para resaltar la belleza del silencio. Pero si se tiene el talento y el sacrificio necesario es mejor poder entregar alivio a las gentes que necesitan del aire, aunque esté viciado por ser el mismo que fue inhalado y expulsado anteriormente. Toda canción sin excepción tiene la virtud de poder alegrar el espíritu, y eso es algo que pocas cosas pueden hacer en este mundo.
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Juan Herrero es colaborador de POPES80.com
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