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La mejor obra de arte contemporáneo
Juan Herrero   |   24/06/2010
Como un cruce en Tokio donde se cruzan millones de personas sin que nadie llegue a tropezarse con nadie, ironías de la buena educación en los tiempos modernos.
Cada vez creo menos en las imposiciones, en las listas de ventas, en los criterios de mercado, en la psicología de las grandes empresas, en las teorías de los recursos humanos. Estoy convencido que el hombre moderno –tan moderno como antiguo- cada vez es incapaz de relacionarse con las personas que tiene al lado, faltos de afecto. Hay gente que todavía no ha sentido un abrazo verdadero, como los de una madre o un padre, como el de un amigo, como el de tu amante cuando está compartiendo contigo toda la intimidad del alma. Y todo esto es duro y perjudicial para una sociedad.

Hay cientos de personas que no encuentran el afecto necesario para aplacar todo su odio y egoísmo. Transitan aislados y rodeados de un mundo de gente que no son más que masa y cemento. Viven y perviven individualizados por materialismo y fuerza bruta. Es difícil soportarlo, asimilarlo y seguir como si nada hubiese pasado. Como un cruce en Tokio donde se cruzan millones de personas sin que nadie llegue a tropezarse con nadie, ironías de la buena educación en los tiempos modernos.

“Todo va bien” mentiras de quien sueña con contentarse con muebles de diseño, ropa de marca y drogas de diseño. La libertad del individuo desparramada por los sueños, reo de frases hechas, como esa que te liquida “la libertad os hará verdaderos”. Al fin y al cabo todo ser humano está fabricado para intentar sobrevivir, o hacer caso de su otra mitad.

Atrapados por redes sociales, por tecnología punta, por fiestas de pago que son entierros en vida. Todo lo tenemos, por eso nada buscamos, nada ansiamos, nada nos ilusiona, pues nuestra experiencia nos afirma que nada de lo material nos sacia. Atrapados por nuestra propia esclavitud de modernidad, esa modernidad tan antigua.

En cambio, ahora que descalzo mis pies en la arena del verano oriento mi luminosidad a la fe en la bondad del individuo con sus semejantes, y creo que se pueden mejorar las cosas que me rodean, como este paisaje amarillo, azul y verde. La balanza se decanta por negar que en el mundo son pocas las cosas buenas. Ees más, me atrevo a afirmar en esta delgada línea donde gira el horizonte que todo individuo es un continuo descubrimiento buscando su correcta ubicación. La bondad forma parte de su esencia de manera constante y discreta, que se entrega a quien no se lo pide. Esa búsqueda de su verdad en el mundo es la mejor obra de arte contemporáneo.
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Juan Herrero es colaborador de POPES80.com
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