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Bajo el fuego amigo
Juan Herrero   |   27/09/2010
¿Cuál es el criterio de la concejalía de fiestas de turno para contratar los conciertos? ¿Calidad, afluencia, turismo, calidad, caridad, gusto personal, favores, azar...?
Quien pretende relatar un verano en el que no tiene vacaciones sólo puede hacerlo con un monólogo breve de despedida y lenguaje muerto. Pero estas palabras son un testimonio imaginario de lo entretenido que ha sido, a ratos, este tiempo estival musical.

Este año, pese a la crisis, el Ayuntamiento quería ofrecer a sus vecinos unas fiestas dignas en honor a su patrona. Cuadró el presupuesto como pudo para intentar atraer a la gente de los pueblos vecinos, a veraneantes, a gentes de toda la comarca, para que dejen su dinero y para que sientan envidia de lo buenas que son las fiestas en ese pueblo que no supera los tres mil habitantes. La bendita España de los localismos con la boina bien incrustada hasta la boca.

Cómo bien suele hacerse en estos casos tiraron de catálogo para contratar la actuación musical. El primer día una modesta orquesta, cuyo líder es primo hermano del cuñado de uno de los funcionarios del Ayuntamiento, ese primer día los pasodobles, la salsa, el cha-cha-chá, y alguna canción del verano de hace dos veranos harán las delicias de los asistentes. El segundo día, el día grande, hay que tirar la casa por la ventana, por eso cuentan las monedas y buscan qué caché pueden contratar y la cosa no está fácil, nada fácil, los músicos parece que no se han enterado que el Municipio está casi en bancarrota. No se lo pueden creer, una auténtica estrella de los ochenta cobra lo mínimo. Llamada a su representante y unos días después todo firmado. Ese día además habrá unos grupos jóvenes que están causando furor entre las adolescentes. Será un éxito rotundo se repiten unos a otros. Lo que no saben es que desde hace tiempo aquel ídolo ochentero es un hombre a la deriva que nunca supo digerir que la gente sólo le quisiese por una gran canción y que sigue encima de un escenario porque no sabe hacer otra cosa.

Llegó el día del concierto. La plaza está llena. Sucedió lo inevitable, aquella vieja estrella, no se sostenía en pie, no recordaba la mitad de sus canciones. Ante semejante surrealismo un chico espabilado del pueblo se frotaba las manos pensando en la cantidad de visitas que tendría en YouTube el video que estaba grabando. A su lado una treintañera barajaba la posibilidad de colarse en el camerino y de ahí a un plató de “Salven lo que queda de la 5” para catapultarse a las puertas de una edición cualquiera de gran hermano. Lamentable espectáculo pensaban los músicos que tocaban después, “no puedo ver así a uno de mis ídolos musicales, ¡me ligué a mi primera novia con una canción suya!” decía el vocalista, “¡con lo fácil que es hacer playback! como hacemos nosotros para que no ocurran cosas como ésta” espetaba sincero el guitarrista.

El concejal de fiestas se apoya en una genuina barra de las fiestas del pueblo, ofuscado por encontrar la manera de salir airoso de ese trance, arrepentido por haber servido al músico que había contratado tanto vino en la comida, y por haber pagado parte de su caché con vicios caros. Tiembla de miedo porque la caída del músico suponga la suya en el chollo municipal.

Entre el público ni un alma caritativa, ni un mínimo de respeto por aquel cajón de sastre con micro que no sólo está haciendo el ridículo, sino que también está humillando su carrera y al pobre bajista que le sigue a todas partes. Muy cerca del escenario el manager cuenta la pasta en una caravana del descampado, junto a una barbie con un deseo violento e insaciable de adquirir riquezas al precio que sea. Como él.

Los redactores de los periódicos locales se frotaban los ojos y las manos, tenían buena carnaza para sus lectores. Un auténtico filón de opiniones, críticas y relatos con el que podrán cubrir sin problemas las próximas dos semanas. Un periódico pedirá la dimisión inmediata del concejal de fiestas, el otro pedirá la dimisión inmediata de la oposición, y los dos al unísono solicitarán más publicidad institucional, ¡que no sólo de suscriptores y anuncios de prostitución vive la prensa! Entre medias, desmentidos, acusaciones, “lo hemos puestos en manos de nuestros abogados”, escurren el bulto, todos en su puesto y con su dinero (o con el nuestro).

Y hasta aquí llegamos sin resolver la duda que siempre he tenido al ver el programa de fiestas de cualquier Ayuntamiento ¿Cuál es el criterio de la concejalía de fiestas de turno para contratar los conciertos? ¿Calidad, afluencia, turismo, calidad, caridad, gusto personal, favores, azar…?
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Juan Herrero es colaborador de POPES80.com
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