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Una buena conversación
Juan Herrero   |   06/06/2011
Siempre me vuelvo a fijar en los discos que ya tengo pero que me siguen emocionando cada vez que se acercan a mi dedos.
Bajo un cielo azul que pocas veces se ve en Madrid, la primavera agitaba toda la ciudad aquella tarde. Los pijipis revoloteaban en celo por todas las esquinas del centro, mientras en la otra acera las chicas guapas devoraban el mundo con el infinito de sus piernas, con sus aires de intocables y sus ropas estratégicamente colocadas.

Ajeno a toda la trashumancia que transita por las calles del invierno al verano, busco refugio en una pequeña tienda de discos. Es triste pensarlo pero que pocas tiendas quedan y que rápido nos las hemos cargado. Nuevos tiempos, nueva lírica, nueva tecnología. Tiene el encanto de una vieja librería, una calidez similar a un ultramarinos, la cercanía de una tienda de barrio, un aroma a hogar de la música. Buceo en sus estanterías y siempre me vuelvo a fijar en los discos que ya tengo pero que me siguen emocionando cada vez que se acercan a mi dedos. Entre disco y disco hablo con el dueño de lo que habla cada españolito medio en estos tiempos, de fútbol, de lo mal que va el negocio, de los conocidos que tenemos en el paro, de cuando se terminará esta crisis ridícula que entre todos hemos creado.

Pero su mejor conversación, como no podía ser de otra manera, es la de la Música (con mayúsculas) y sobre los que negocian con ella. Como quien enseña a un pupilo su mejor lección, aquel lobo de mar musical me narró una historia que sucedió en una de esas noches que habitan en los locales más oscuros. Era una historia sobre un músico escribiendo la letra de lo que sería un himno generacional a medio camino entre la servilleta húmeda de la barra del bar y el impúdico papel higiénico del lavabo, mientras deambulaba captando votos una personalidad política de renombre. Era una de esas historias que aunque no puedas llegar a creerte que sea verdad sueñas con que lo sea.

Su conversación es tranquila y amena, tienen el empaque de la sabiduría de quien parece tener siempre la razón. Él ha estado en todas las grandes batallas, en las cosas importantes, él ha mirado a los ojos a la gente que conspira y mueve los hilos. Esos ojos son los mismos a los que ahora miro de frente para preguntarle ¿cómo un hombre que sabe tanto del mundo no ha cambiado de negocio? ¿cómo no vio venir que la venta de discos sería un negocio ruinoso? Su respuesta es sencilla y serena, sin trampa ni cartón. Claro que vio venir el temporal que seguramente se lleve su pequeño bote de discos y recuerdos, pero él como capitán no puede abandonarlo, su coherencia le exige pilotar la nave ante la zozobra, su libertad le pide seguir navegando con el viento en contra. Lo único que desea si tiene que caer en este combate es que alguien encuentre algún tesoro entre los restos de su naufragio.
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