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Ante la lucha del folio en blanco
Juan Herrero   |   07/11/2011
Ante la exhibición de fuerza y superioridad que supuso aquel golpe de efecto empecé a escribir impulsivamente y sin interrupciones.
Una idea, un deseo, las ganas de comunicarte con el resto de tus semejantes… Los motivos que empujan a las persona al atrevimiento de enfrentarse a una página en blanco son multitud. A veces ese motivo se convierte en un acto heroico. Otros en cambio sólo son una mera casualidad y un compromiso. Mi motivo hoy es releer una vieja libreta de adolescencia escrita por mí hace algunos años. Me reconocí en ella pero me sentí un extraño.

Ante la exhibición de fuerza y superioridad que supuso aquel golpe de efecto empecé a escribir impulsivamente y sin interrupciones. Comenzó el caos creativo y las ráfagas de confusión y destreza. Recuerdo con nitidez todo lo que quería decir y lo que pude contar, pero lo escrito y la realidad raramente se parecen a una idea. Ahora, con el paso del tiempo, comprendo que no tendría por qué haber escrito aquel artículo. Errores de juventud. Lo admito, no tenía ni obligación, ni derecho, ni verdad. Prostituí mi inocencia y mi sentido común por media ración de vanidad. Pero tenía que hacerlo, era una necesidad.

Me incliné del lado equivocado sin saberlo, lo que implica el mayor de los males: la falta de conocimiento. Ahora lo fácil sería justificarse, pero no, el reto es defender tus acciones y tus ideas sin imponerlas, sin necesidad de insistir que tienes la razón. Aquellas frases eran propensas a la divagación en vez de a la concreción, como si cada pensamiento llevase implícito un descuido, un olvido, una intención perversa que conduce hacia la sensibilidad secreta de nuestros impulsos. Aquel relato era una farsa, un fraude a la integridad de lo objetivo.

Sólo quien está expuesto a la creación honesta conoce la debilidad que se padece. Este tipo de debilidad es peligrosa sólo en la medida en que lo expone a la mayor de las fragilidades del hombre tímido: el ridículo; porque el mundo, en general, no está interesado en tus motivos, en tu explicación, huye ante tu reflexión porque sólo le interesa lo obvio, lo instintivo. Escribir supone no claudicar ante el acto hostil de un folio en blanco.
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Juan Herrero es colaborador de Popes80.com
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