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Entre dos fuegos
Pascual Roel   |   06/03/2012
La historia de Los Pistones es la historia de varios desencuentros.
La historia de Los Pistones es la historia de varios desencuentros. Un desencuentro general con la buena suerte; cada vez que el grupo parecía que iba a explotar comercialmente siempre sucedía algo. También hubo un desencuentro importante entre Los Pistones y el público, quien no ha sabido valorar en exceso la obra de Los Pistones tanto en cuanto a la evolución estilística como de la propia banda. Además de estos desencuentros también hay un desencuentro con la industria, a pesar de los loables esfuerzos de Paco Martín en sus diferentes épocas para reflotar a Los Pistones y buscarles buenos contratos. Pero el desencuentro fundamental de Los Pistones es con la crítica, que no ha sabido construir un relato eficiente, tanto en lo descriptivo como en lo analítico, en la trayectoria de Los Pistones.

¿A qué nos lleva esta última consideración? Los Pistones han quedado encofrados en esa gran manta de cemento que son los 80, fagocitados entre otros cientos de grupos y certificados con el anagrama de “banda irregular”. Jamás ha habido un reconocimiento para Ricardo Chirinos, ni ha habido una cita complaciente o certera hacia Ambite. Han sido borrados de todas partes, y especialmente del animalario de los héroes de los 80 (mejor para ellos). Quizá todos nos hayamos olvidado de que son autores de temas tan significativos como “Las siete menos cuarto” o “te brillan los ojos” y quizá también hemos dejado de considerar que Los Pistones son autores y creadores de uno de los sonidos más particulares y desarrollados de todos los años 80 y parte de los 90. Quizá también a muchos les suene sólo el grupo por el disco “Persecución”, que contiene su canción más “canchera”, que es “El Pistolero”, y también la canción más bonita y mejor producida de todo el power pop español: “Lo que quieras oír”, que es todo un ejercicio plástico de guitarra eléctrica, acústica, teclados, batería y donde se lleva a la máxima extensión las posibilidades vocales de Ricardo Chirinos, se retuerce la métrica hasta lo imposible en los estribillos y se supera la excelencia instrumental. Seguramente Ariel Roth jamás va a producir un disco mejor que “Persecución”. “Nadie”, “Último soldado” o “Metadona” suenan fuertes, robustas, atemporales, callejeras, profundas, existenciales, vivas y por supuesto mágicas, maravillosas y milagrosas casi 30 años después. Cuando uno escucha ese sonido se transplanta en realidad a otra dimensión. Roth y el fallecido Julián Infante no se contentaron aquí y fueron los que le dieron un giro hacia un sonido más americano, con más aristas sonoras y menos músculo sonoro, a “Canciones del lustre”, un álbum que ya no fue bien digerido por la crítica ni por el público, puesto que le superaba en el sonido y en la estética. Es difícil pasar de “Metadona” a “El avaro”, aunque no tanto a “Que el sol te dé”.

Ahí se diluye la historia de los Pistones, quizá matizada un poco por aquél magnífico EP que Paco Martín les grabó para Twins, donde en cinco canciones dieron todo un curso de clase, talento y polifonía. Sin embargo, el gran olvidado de Los Pistones es su disco “Entre dos fuegos”, un disco que según se comentaba era el primero de tres que grabarían con la multinacional Sony (mediante Epic). Para el disco, Los Pistones estaban formados por Ricardo Chirinos, Ambite, que se pasaba a la guitarra, J. Marín al bajo y coros y Rubén Fernández a la batería y percusiones, es decir, la misma plantilla que grabó para el disco homenaje o deshomenaje a Antonio Vega y su tema “Persiguiendo sombras”, que tuvo el mérito de ser el único tema de aquel disco que se acercó al original. El disco fue grabado en Sonoland y Doublewtronics y de las mezclas se encargó Jesús N. Gómez (La Frontera, Gabinete, Sabina, Rodríguez, etc.) quien les devolvió la fortaleza al sonido de Los Pistones, con su peculiar batería sólida y consistente y sus arreglos milagrosos. La fotografía de A. G. Alix, la portada totalmente tatuada de flores y un error en la salida del primer single (creo recordar que fue “La escapada”) llevó a que el disco pasara sin pena ni gloria en los primeros noventa. De nada sirvieron las excelentes letras de Chirinos, quizá en su madurez, de nada sirvieron las guitarras madrileñas de Ambite y de menos sirvieron las cuatro melodías de los cuatro componentes. La compañía apostó muy tibiamente por el disco y no salió ningún disco más (se dice que hay un disco grabado en directo en una sala madrileña que nunca ha visto la luz). El disco “Entre dos fuegos” contenía letras muy Chirinos, de bandas, de amor, de desamor, de ciudad, de asfalto, de noche, de humo, de niebla, de sentimientos, de profundidad. Porque Chirinos escribe desde muy adentro y eso nadie se lo puede negar. Pero si Chirinos siente muy adentro, Ambite y el resto tocaron desde las entrañas, en un disco que debe de ser parada obligatoria de todos los historiadores musicales de nuestro país. La batería de “Querida ciudad” es probablemente una autobiografía sobre una vida en ciudad, canción que se complementa con “Vivo para caminar”. El concepto de la huida, de la marcha, parece estar presente en todo el disco. Chirinos parece obsesionado con esa idea: “porque vivo para caminar”. Estas ideas se completan con la canción “La escapada”, donde se habla de la escapada entre la noche y las copas, en los humedales de la pasión y de la gracia, en las entretelas del placer y en los sótanos de lo prohibido y lo querido. También “2000 km” hace refencia a la idea de viajar, pero de vuelta, igual que la misteriosa “caravanas al sur”, donde Chirinos ofrece un pasaje muy bonito: “que veloces pasan los años de felicidad/que despacio después el tiempo que hay que esperar”…

Mensaje optimista en “Despertar” o en “La banda rival”, dos preciosas canciones de amor, y también sin olvidarnos de “Entrar por la puerta”. El órgano de Esteban Hirschefeld, el piano de Javier Losada y los coros de Webo dan forma a un disco que rompe aquella idea sobre Chirinos, del que se dijo que había abandonado Los Pistones, Madrid y no se sabe cuantas cosas más…. Jamás abandonaremos a Los Pistones. A pesar de que fuimos tan estúpidamente jóvenes, tan podidamente orgullosos y tan extremadamente tontos que quisimos hacer planes cuando el momento era “aquel”. Siempre nos quedará fe en Ricardo Chirinos y en Los Pistones aunque, por desgracia, pasemos demasiado tiempo en nuestra cabeza…
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Pascual Roel es periodista y colaborador de POPES80.com
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