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Auge y caída
Itxu Díaz   |   30/01/2014
Juerga de periodistas. Después de vagar por las calles, caí en el Toni2. Y cuando digo que caí, sé bien lo que digo.
He pescado desde las rocas, he subido legendarias montañas, he pisado un lago helado, y me he despeñado por un terraplén de arcilla y guijarros. He navegado olas gigantes, he jugado al fútbol con los ojos vendados, y me he caído en un zarzal. He dormido en la redacción de un periódico, me han apuntado con una pistola, y me he hundido en un río. He tenido una banda de rock, me han sorprendido las chispas de un rayo a un par de metros, y me he peleado con un pulpo, muerto. He dormido al raso, he fumado tres cajetillas diarias, y he estampado mi coche contra el de delante. Quiero decir que he hecho todo lo que a uno puede costarle la vida, causarle humillación, o ambas cosas a la vez. Sin embargo, siempre se puede caer más bajo.

Alzábamos unas copas en esas noches de Madrid. Habíamos tenido juerga de periodistas y alguien había soltado la correa a los viejos camaradas de redacción. Después de vagar por las calles, caí en el Toni2. Y cuando digo que caí, sé bien lo que digo. Brindábamos y charlábamos de cosas intensas, porque en el eterno café teatro lo fundamental es citar a algún autor que nadie conoce. Yo acostumbro a inventármelos con soltura. Y entonces ocurrió.

Dicen que lo más importante en la vida es saber caer. En realidad no hay consenso en este asunto. Para un cristiano lo importante es saber levantarse. Pero para un futbolista, lo esencial es saber caer. En mi cercana niñez caía bien. No a la gente, sino al suelo. El fútbol sobre asfalto dotó a mi generación de un sentido extra que te permite salvar los dientes cuando ya has perdido por completo el equilibrio. Con cien kilos más, la luz tibia del bar, y el cansancio acumulado, mantenerse en vertical es una tarea ardua.

Discutía y gesticulaba mucho. Estaba el bar en su hora punta. Bullicioso y genial. Mucho ajetreo y el pianista a lo suyo. A su vera, charlaba con amigos. Probablemente estuviera inventándome algún autor. Alguien pasó a mi lado y, por razones que sólo la gravedad puede explicar, entré en una dinámica de pérdida de verticalidad. En el rápido retroceso hacia atrás en busca un punto de apoyo arrollé a varias personas. Cada vez más inclinado, incomprensiblemente, traté de salvar la vida combinando un gran salto y un giro sobre mi propio eje, no sin antes lanzar a tomar viento la copa que portaba en la mano y hacer lo propio con el teléfono. Tras la infructuosa cabriola, dieron mis huesos con una mesa llena de copas, sobre la que rodé arrasando todos los vidrios.

Estaban en esa mesa. A ella le llovieron seis copas encima. A él, ninguna. La caída ocasionó gritos de histeria pero como en las viejas películas del oeste, el pianista no interrumpió su recital. De mis amigos recuerdo uno a uno los gestos pálidos de terror, detenidos en el tiempo como fotografías. Puede que haya estado un segundo en el suelo, pero tengo la impresión de haber permanecido allí durante seis horas. Santi Santos de Los Limones acudió en mi rescate al momento, para tratar de desencajarme de entre las mesas.

Recuperada la verticalidad, sólo contaba los segundos hasta recibir el puñetazo. Lo razonable hubiera sido que aquel chico, a cuya acompañante empapé, me hubiera dado una paliza. Sea la confusión, la escena esperpéntica de la chica empapada, el susto que tenía encima todo el mundo, o sea por lo que sea, pareció más interesado en mi estado que en machacarme las costillas; algo que habría aceptado deportivamente. A su paciente comportamiento como al resto de los damnificados en el castañazo, y al atentísimo personal del Toni2, mi eterno agradecimiento, mi infinita ovación.

A la humillación de la caída se suma ahora esta pública exposición de mi torpeza. La razón es simple. Rodeado de columnistas, la crónica de mi caída es tentadora, las metáforas dolorosas, y las insinuaciones sobre posibles intoxicaciones etílicas sumarían infamia a la infamia. Por eso me he apresurado a contarlo yo mismo. Porque sé que estos, que son amigos míos y por tanto una panda de cabrones desalmados, están deseando hacer leña literaria del árbol caído. Aunque bien pensado, debería dar gracias a Dios, que me concedió el privilegio de partirme la crisma en el Toni2 sin permitirle a Javier Quero ser testigo de mi ridículo, ni regocijarse por los siglos de los siglos contando esta historia. Celebro que te hayas quedado en casa, compadre. Eso sí habría sido un golpe definitivo.
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