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Loquillo para siempre
Itxu Díaz   |   01/03/2014
Crónica de la grabación del directo de Loquillo en Granada, por Itxu Díaz.
Tenía que atravesar España desde la costa en un par de días, y lo hice con Cruzando el paraíso sonando en el coche a todo volumen. Bonita ironía. No recuerdo muchas cosas del viaje al sur, sí de la sala rociera de Madrid de la noche anterior. Supongo que no hay mejor forma de preparar un concierto de Loquillo que escuchando sevillanas la madrugada anterior.

Una curva perezosa y Granada se abrió a mis ojos. Apareció de golpe cuando aún no la esperaba. Tiene esa luz fría del atardecer, que hace temer una noche especial. Te recibe con enormidad, con montañas blancas arañando el cielo, y ella asentada a sus pies, quizá recordando que en la vida es importante saber estar a la altura de la bajura. Tu lugar. Que nadie te quite nunca tu lugar.

Con las rumbas del Rocío de la sala Almonte todavía vibrando en el tímpano, me abofetearon las ojeras los clásicos del rock del Palacio de los Deportes de Granada. Supongo que por el medio me duché, y tal vez dejé el coche en algún lugar, pero no lo recuerdo. Hubo un taxi. Todo fue demasiado rápido. Pocos minutos para el concierto. A mi alrededor, mucho cuero, muchas banderas con las señas de El Loco, y la colección de rockeros borrachos más educados y nobles que he visto en mi vida. En la entrada del recinto había botellones, pero hasta para eso aquellos tipos eran gente civilizada.

Me muevo alrededor de la barra, que es desde donde mejor se ve un concierto. De entre la bruma, suenan las primeras notas de El Creyente, y la alargada figura del Loco aparece en escena. Sólo sus primeras cuatro palabras valdrían para describir su propia sombra, que se pierde al fondo del escenario: “tener maneras de caballero”. Impecable sonido desde el primer minuto. La voz, al punto de tequila. Y es que al fin esto es una fiesta para celebrar que Loquillo ha vuelto a rodearse de los mejores, ha vuelto a conseguir subir a lo alto del cartel, y para dejar constancia y brindárselo a la posteridad que lo sepa apreciar: Josu García –buen amigo a través de los años, gran músico, columna vertebral de la producción de discos en España en las últimas décadas-, Igor Paskual, Alfonso Alcalá, Santi Comet, Laurent Castagnet, y por supuesto, el maestro Jaime Stinus. Si alguien no conociera a Loquillo, al verlos tocar sabría que el líder tiene que ser alguien grande, muy grande.

Ni el cansancio del viaje, ni los golpes periodísticos de la jornada. Nada. Contento. Increíblemente contento desde la primera nota. Entendí de pronto aquello que firmó Sabino Méndez: “borra si es que puedes mi sonrisa de la cara, prueba, no lo lograrás”. Y así avanza la noche y todo suena a clásico. Melancólica y vertiginosa, De vez en cuando y para siempre. El secreto mejor guardado de Loquillo, su ideario en Línea clara. Eterna Memoria de jóvenes airados, que lo vuelve todo a sepia y lo inmortaliza en ráfagas de luz sobre el público. El Loco cede entonces a la gravedad de lo que canta, tal vez emocionado ante la entrega de siete mil almas, y esboza sonrisas de ojos brillantes, entre los firmes ademanes que le han consolidado con los años el rockero más carismático de la historia del rock español.

Detiene sus ojos cada poco tiempo. Observa desde una esquina del escenario. Los brazos cruzados, la mano en la barbilla. Pasea con toda la arrogancia que exige su papel sobre las tablas. Se acerca a escuchar a Josu o a Igor. Y les da su aprobación en un gesto rápido, como si recogiera el pañuelo de un mago. Culmina a lo grande una estrofa, con la voz rasgada que le han dado las canas, y se asoma al balcón del escenario a contemplar toda aquella fiesta a sus pies, a la que parece ajeno; salvo por un detalle: el sudor que corre por su frente. Impasible, aparentemente sereno, elegante y siempre de negro, pero el Loco se está dejando media vida como en cada actuación.

Entregado. Se hacen silencios entre el público a ratos, para verlo mejor, para oírlo mejor. Loquillo te mira y te hace sentir importante. Y mira. Mira mucho. Mira a los ojos a los siete mil que corean su nombre. Con la mandíbula apretada y torcida, la mirada fija, y el cuerpo erguido. Humo, mucho humo. No es impostura, no hay ficción. Es su vida. Es su ley. Es el rock. Actitud, por supuesto. Es Loquillo.

Especialista en romper normas. Siempre me han prevenido: “no conozcas a la gente que admiras. No hables con ellos. No compartas vino y copas con tus ídolos”. Me lo ha dicho mil veces un buen amigo, Santi Santos de Los Limones. Pero lo cierto es que me basta un Dios para no caer en esa bobada humana de la idolatría. Yo veo hombres y corazones. Distingo bien entre el talento y el trabajo, y la impostura, y la vileza. Por eso, una vez más, compartir unos tragos reposados y una charla adormecida con Loquillo ha sido buena idea. Ningún riesgo. De Granada me traigo, sellado y confirmado, mi respeto y admiración a la persona que ha engrandecido y sostenido la bandera del rock español.

Creo que sólo hay algo más impresionante que la nobleza de Loquillo: la de sus seguidores. Clara, felizmente borracha, le atizó una colleja a su marido porque se me había colado delante en la barra. Marcos se cayó a mis pies con su litro de cubata y su chupa llena de metales. Se levantó tambaleante y me dijo “usted disculpe, estoy borracho”, amoldando las manos de la misma forma que las dispone el Loco cuando quiere decirte que no hay doblez en un argumento. Y en efecto, no la había. Y luego, hacia el final del concierto, cayeron en mi zona dos moteros cuarentones, con aspecto de duros, de forjadores de viejas batallas. Pero empezó a sonar El Rompeolas y mientras yo me tiraba media copa por encima de la emoción, ellos se abrazaron y se echaron a llorar, ante mi asombro. “Han pasado veintitantos años, hemos sobrevivido”, gritaban entre lágrimas.

Loquillo y su inquebrantable manera de hacer las cosas. Lo pienso mientras salgo del baño corriendo, tropezando con todo. Que El Loco se encuentra en la cumbre de su discurso: “venimos de dos polos opuestos y nos hemos encontrado aquí”. Habla de Luis Alberto de Cuenca. Valiente y genial matrimonio artístico. Suena Political Incorrectness. “Que no crees que Occidente, sea un monstruo de barbarie; dedicado, a la sórdida tarea de cargarse el planeta”. “Dime atrocidades que cuestionen verdades absolutas, como: yo no creo en la igualdad”. ¿Quién puede permitirse ser tan libre? ¿Quién en este país puede ganarse la vida honradamente cantando cosas así, sin someterse a los dictados del pensamiento único, de los pensamientos únicos? Sólo conozco un nombre, como aquel otro nombre, que era el de todas las mujeres.

Loquillo cuajó la noche en Granada cuando yo ya había sucumbido a descender a los pies del escenario. Primero, con Leiva –a él dirigió el mayor piropo de la noche: “sabe respetar a sus mayores”- y Ariel Rot en la tarima para hacer del Rock de Europa, el himno de una generación, otra vez, de otra generación. Para honrar la memoria del añorado Pepe Risi. Y más tarde para enloquecer con una versión –grande Sopeña, también otra vez- de Spanish Bomb. O para despedirse con todo, en el Cadillac Solitario, cuando ya el rugido era tan grande, estaba tan vivo y tan presente, que hablar de nostalgia sería un imperdonable ejercicio de cinismo. No hay sitio para la nostalgia de una canción cuando el éxito está presente. Nos vale la canción porque es una joya, pero hay un error: después de ver su trayectoria artística de los últimos años, no tiene sentido que Loquillo cante en voz propia “cuando fuimos los mejores”. Hay pasados que mueren. Pero a veces mueren para hacerse presentes.

Termino esta extraña crónica alzando ante el folio lleno de tachones una copa de “cava español”, en memoria respetuosa de la gesta del pasado sábado. Y suena ahora suave y desgarradora “Cuando vivías en la Castellana” mientras repaso las anotaciones. No habré logrado pintar el lienzo más fiel, de eso estoy seguro. Pero no hace falta. Porque todo, todo lo vivido en Granada ha quedado registrado y estará en abril en un álbum imprescindible para comprender la historia del rock español. Y estará así: de vez en cuando y para siempre. Como Neo. El vino que me traje. El que un día soñamos hecho poesía y rock. Para siempre.
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