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Con un poema entre los labios
Itxu Díaz   |   19/05/2014
El mundo interior de Santi Santos, inaccesible, es una cueva de oro, albariño, y chapapote; de brindis, sonrisas, y despedidas.
Había un vinilo gastado en casa. Dormían los ochenta en esas tardes de descubrir el interior, que son casi todas las de la infancia. Una portada con noche negra, y nebulosas, y un sol, y un "Sun" en letras naranjas que daba título al disco. Lo firmaban Los Limones del Caribe. Y el hit terminaba con un montón de ovejas balando y haciendo sonar sus cencerros. Pero la aguja saltaba al final. Porque antaño no había USB y las cosas se rayaban y se escuchaban así. Quizá, como cantaba Granados, porque todavía no habíamos "olvidado la imaginación entre las tripas de tu ordenador". No nos deteníamos en el envoltorio.

En algún rincón del amor más incipiente, del desasosiego más pulcro, de la niñez desertada, conservo los recuerdos de mi primer encuentro con aquellas canciones, maltrechos como las esquinas blanqueadas de la funda de 'Sun'. Entonces no sabíamos que con Los Limones lo mejor siempre está por llegar. Y hoy seguimos sin aprenderlo.

Galicia es tierra misteriosa y mágica. Melancólica y magullada. Golpeada por el viento, el mar, el silencio, la lluvia, la fiesta, y el luto. Es refugio de almas que vagan, o van o vienen, o flotan, o brillan y se oscurecen, sin un sentido claro. Por eso es tierra de poetas, no grandilocuentes ni melindrosos. No. Es tierra de escultores de lo cotidiano, de lo bonito y de lo triste. Marinera, emigrante, bohemia, y generosa. Sólo de un lugar así pudo salir algo como Los Limones, un artista como Santi Santos.

Con Santi me une un afecto y una amistad que se torna irrelevante cuando me siento a escribir de su trayectoria. No necesito recurrir a las copas que hemos alzado juntos para clamar, a veces en el desierto, que en su discografía se oculta uno de los tesoros más importantes de la música española. Tampoco va conmigo esperar a que desaparezca, Dios quiera dentro de muchas décadas, para escribirlo.

No ha sido una trayectoria fácil. No ha recogido ni la mitad de lo que ha regalado en sus canciones. Y resulta evidente que la gestión de sus 27 años sobre los escenarios no está exenta de sombras. Pero hoy, a las puertas de su disco número 13 y en su mejor momento, no creo que sea relevante pensar a dónde deberían haber llegado Los Limones. Que Santi esté donde está responde sólo a la tozudez de su talento. Para hacerse ricos impostando discursos ya hay muchos otros, fugaces y livianos.

Tras la montaña rusa de éxitos en los 90, las giras multitudinarias, y esos enternecedores conciertos que podemos encontrar en YouTube. Tras el chaleco vaquero sin mangas y los kilos de más y de menos. Las mil noches, los mil bares, las lágrimas, los puñetazos, los poemas urgentes, las carcajadas. Tras la cazadora firmada por Antonio Vega y ese concierto conjunto y precioso en la playa de Riazor. Tras los exámenes finales y la ciudad empapelada del amarillo 'Amigos', cuando un conocido común me filtraba la vivísima maqueta que lo precedía. Tras Santi rodando por el suelo, como los Dinamita, en cualquier escenario, y enamorando al público madrileño en la grabación del Directo. Tras todo y después de todo, ha llegado la sabiduría de la madurez. Hoy. La demostración de que hay artistas, pocos, que no son capaces de apagar la llama de su brillantez, por muchas canas que pasen.

Lo que distingue a Santi Santos de muchos otros no es sólo una sensibilidad, ni la firmeza de un timón contra viento y marea. Lo que le diferencia son las lecturas de hoy, las preguntas de ayer, y el equipaje de mañana. La cantidad de veces que lo "dieron por muerto", y que tras su entierro comenzó "a vivir". Su mundo interior, completamente inaccesible, es una cueva de oro, albariño, y chapapote; de brindis, sonrisas, y despedidas; de lecturas, bocetos y canciones; y de muchas, muchas horas serenas mirando al mar, en la boca de la ría, ajeno por completo a un mundo que cambia demasiado rápido.

No ha caído en la trampa de la madurez densa, ni en el juego estéril de la política, ni en la reiteración de la fórmula de la juventud. Ha seguido componiendo de corazón hasta el final, deseo que muy lejano, y eso es algo que lo hermana con la mejor tradición lírica gallega, encumbrada siempre por Rosalía de Castro. Y ha seguido sudando hasta la última gota en cada escenario, convirtiendo su show en una divertidísima fiesta de pop español.

Había un vinilo gastado en casa, sí, pero ahora hay doce discos y un hueco preferente para '13 Limones'. 30 de mayo. Nueva oportunidad para someterse a su talento y confirmar que la belleza, la bohemia de la vida, y la actitud, son también caminar siempre -según una de sus canciones autobiográficas- "con un poema entre los labios". Nada define mejor a Santi Santos. Eso y un escenario, una guitarra, whisky, un paquete de cigarrillos, y muchas horas por delante.
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