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Que no mueran nunca los cantantes
Itxu Díaz   |   10/09/2014
Leiva oscila. Viaja sobre sus canciones como un pasajero más del tren fantasma a la belleza.
Leiva oscila. Siempre oscila. En el escenario. En el estudio. Colgado del mástil de la guitarra. Prueba, amaga, y te atiza el fuego del recuerdo si te descuidas. Se despereza en solitario y se come el micrófono en vivo, hinchando las venas del cuello, para estirar bien el alma en cada verso. Y se duerme en la calma de un medio tiempo, como el reflejo hipnótico de un jukebox. Pero de pronto entra con la elegancia del delantero viejo, impropia y explosiva, y te derriba sin avisar. Cientos de acordes y de estribillos brillantes se desparraman por la habitación. Como una feroz arremetida del mar contra el castillo de arena, indefenso en primera línea. Así te parte en mil la 'Pólvora' de Leiva. Que oscila. Que baila sin descanso al ritmo de sus mayores, pleno de melancolía, de rock, y de libertad.

Su música me persigue y envuelve mientras driblo los primeros charcos del curso. Siempre hay un disco para las noches lúgubres de septiembre, para el eco de unos tacones en la acera. Y casi nunca es de septiembre. 'Pólvora' tiene esa cara cruda de la vuelta a la rutina, de la noche en la ciudad, del viento helado en los ojos, y la primera humedad que arriba en Madrid a la vuelta de la luz del verano.

Tiene buenos deseos, amores y lo contrario, y algo de mala salud. “De los versos a las balas”. Del sufrimiento y los ojos en llamas, eléctrico y vertiginoso, a la esperanza templada de una ranchera eterna para una 'francesita'. Escrito en ceniza sobre guitarras afiladas, que hielan a ratos, y ritmos que viajan abrazados a historias 'terriblemente crueles', cotidianas, dolientemente urbanas. Con el sello de una voz ya enchufada, moldeada, y racheada, terciopelo áspero de bares de ayer. Es Leiva y su voz de cantante. Y oscila. Viaja sobre sus canciones como un pasajero más del tren fantasma a la belleza.

Hay truco en todo esto. Los discos nunca son hijos de la casualidad. Leiva se ha encontrado en su momento, en su lugar, y con su gente. Hay mucho trabajo, y hay mucho talento en esa banda, en esos amigos. Lo he confesado antes. Con César Pop al lado, hasta el mejor diamante brilla más, hasta la canción más triste y preciosa se vuelve aún más bonita y más melancólica. Es muy difícil tener el talento de rodearse de talento. Sin miedo. Por eso: bravo otra vez, Leiva.

Afuera en la ciudad, Terriblemente cruel, Mirada perdida, Cerca, Hermosa Taquicardia. Y Palomas, por supuesto. No hay nada que descartar. Tal vez “pólvora” aluda a la integridad, a la pureza de un álbum que no se puede dividir. Hay en su interior poco interés por recibir aplausos, y mucho amor a la música. Muchas horas de bar, de habitación, de retiro lejos de la ciudad. Hay mucho rock y muchos discos viejos, y muchos camerinos. Hay en esas letras muchas copas rotas, muchas ojeras, mucha calma exterior y mucho nervio enterrado en falso. Hay tanta ansiedad y tantas dudas, como energía y determinación. Tantas lágrimas como cabezazos contra la pared del caos, para romper el muro del pasado. Un muro que se le ha hecho a Leiva demasiado grueso en muy poco tiempo. Por méritos propios y por la onda genial de Pereza. Pero es ahora. En 'Pólvora'. En lo difícil. En la cuesta arriba. Es hoy cuando llega "la hora de los leones". Pero ya se ha soltado el arpón nervioso de este álbum agresivo y genial, y se dirige al centro de tu tormenta. Toneladas de sal para la herida del estío. Cuando la estación ocre se aproxima con un bálsamo de canciones escondido entre los remolinos de esas hojas rojas y crujientes.

“Las luces se hacen grandes / el viento del presente nos da / y lo malo crece a cada instante”. Leiva exhibe valentía y poesía oscura, y audacia, desde el primer verso. Un disco, en fin, como la resaca de un verano abrasador. Como el botiquín de urgencia de un anhelo torcido, que descansa ya a la luz tenue de este otoño, y asoma tímido en los árboles de su Alameda de Osuna, testigos viejos de este universo rock. Que es Leiva. Que oscila. De la tristeza a la belleza.
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