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Once abrazos de calma
Itxu Díaz   |   28/01/2015
Vértigo y tranquilidad, empapado de querencia por lo lento, es también un corazón sangrante y vivo de poeta, abierto de norte a sur.
Hay una danza y un universo de acordes acústicos y un descaro brioso en los estrenos de las nuevas etapas. Hay todo por escribir y por bailar y por sentir, y hay vidas enteras en las canciones para sumergirse cuando todo va rabiosamente bien, y respirar música hasta el fondo. Y esto es lo que me acompaña mientras cruzo España, a esta hora en que la música y el aroma a siega reciente se abrazan en el ocaso de la próxima curva. Son las canciones de Gonzalo Alcina, que se estrena en solitario en 'Vértigo y Traquilidad', que lo mojan todo de sonrisas, de amores, y de dudas muy llevaderas. Atrás quedan las grandes giras urgentes a la guitarra de Melocos, y como al doblar la esquina de la tempestad a la calma, nos ha regalado un poco de tranquilidad, un trazo de belleza arañada en el cielo. Once temas como once abrazos de una madre en una noche de pesadillas y tormenta.

Desde la apertura, Daría, descubrimos la acústica envolvente, que eleva el ánimo, que despierta el letargo del alma, y te lanza sobre el mar de la esperanza, o te sumerge en las profundidades de los buenos días que vendrán. Con juegos de voces cuidados, con ese brillo en los arreglos que sólo saben pintar los grandes guitarristas, con unas letras sinceras, sentidas, jóvenes, despojadas de toda impostura, transcurre en paz el viaje hacia la calma que propone Gonzalo Alcina.

Amor en acústico, sin artificio, sin estridencia, asoma en la sutileza de Barba y rock and roll. Una canción a media luz. Para cuando las luces de la discoteca se encienden, la confusión vaporea en la cabeza, y ya no hay miradas perdidas. Tan solo unos ojos y un comienzo al otro lado de la noche. En Tu y yo volvemos a las cosas cotidianas de los dos, de amor y roll, pero a golpe de claqueta, ya sin más brumas que una resaca, sin más destino que una guitarra de ojos brillantes. Y estamos, supongo, ante el corte que antes cautivará al gran público, que no hay dudas en esta canción, más que alzar las manos y seguir el compás, saboreando la inconsciente y genial inspiración musical de un tipo disfrazado de debutante que oculta en la maleta miles de horas de vuelo.

Vira el viento en Gloria para silbar un paso suave en el que trenza como nunca Virginia Labuat, en un dueto de lirismo y fuerza instrumental para la posteridad. Labuat aporta toda la belleza a la belleza, y el cariño al cariño, y la sutileza a la sutileza. La suma de talentos y calmas, y cuidados a cada acorde, obligan a detenerse y volver a escuchar una y otra vez. Gonzalo pone toda la magia, la fe, y la historia en Gloria, y Virginia, que canta con la misma belleza con la que mira, te agarra la mano y te lleva a bailar al fondo de la piscina, y no queda más remedio que rendirse y dejarse ahogar con una gran sonrisa, con la que se recibe el beso que sueña.

La calma terapéutica recupera el protagonismo en Sozinho y en Suave, que abraza la mejor tradición pop al explotar su estribillo. Canción de viaje y carretera, de gracia sureña, de ingenio del poeta, en Disfraces, donde el músico despliega en precisas imágenes –propias de la crema carnavalesca- todo el repertorio de principios que guarda en el corazón. Un ideario con el que cualquier puede vestirse, o al menos cualquiera que sienta, al mirar por la ventanilla del coche y ver las cunetas arrasadas y desenfocadas por la velocidad, esa extraña y seductora mezcla de vértigo y tranquilidad.

Más tarde ajusta cuentas con la tristeza y gana la partida antes de empezar el combate. Y regresa al sonido acústico en la esperanzadora En la arena, donde confirma que las canciones son cosas de poetas, que tienen otra alma para ver las cosas de la vida, y un temblor especial en la mano al transcribirlas en acordes y letras. Todo, además, con un estribillo pop sedante y abrumadoramente melancólico.

De la marea al mar, cuando el disco está a punto de empezar de nuevo, en un salto de la playa a la playa que suena cálido, marinero, y eterno, como si cada acorde hubiera tardado muchos siglos en llegar hasta la guitarra. El mismo mar cede brevemente al derrumbe descriptivo de la melancolía pero besa pronto al sol, y encuentra en la infinitud de las orillas la manera de resolver las desesperanzas.

Una mirada preciosa, de acuarela acústica, a Tus pasos, para despedir con un "hasta pronto" la serenísima danza que nos ha llevado de la calma a la calma, sin más vértigo que el titubeo impreciso del corazón antes de cerrar cada acorde.

'Vértigo y tranquilidad' es un descubrimiento. Un trabajo bien hecho, sobre todo. Empapado de tradición y buen gusto musical; de querencia por lo lento. Pero también un corazón sangrante y vivo de poeta, abierto de norte a sur. Con honradez, con gran gusto musical, sin ataduras creativas, y con muchísima vida propia. En fin: un álbum para quedarse a descansar a este lado de la carretera, hasta que alguien nos despierte de la paz. Que sea tarde. Que sea nunca.
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