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Vendaval
Itxu Díaz   |   03/05/2016
El pop español es marinero y triste, y marinero y alegre, pero marinero casi siempre.
Está el horizonte limpio, azul, lineal, eléctrico, como en una canción de Antonio Vega. Y está el mar fuerte, terco y espumoso, entre turquesas y arena revuelta. Paseo la orilla y, aunque el agua está templada, noto que el viento no es aún el de aquellos veranos lánguidos y densos de los días de escuela, los que surcamos entre la voz de David Summers y las canciones de Mamá. Este sol y este aroma son aún tempraneros, son quimera estival; que está el cielo más cerca del universo helado de Amaral, que de una rumba salerosa de Kiko Veneno.

No deja de asombrarme cómo el sol de mayo revitaliza canciones que habíamos dormido en el corazón. De pronto, discos que hibernaron incluso durante años, levantan la cabeza, estirados como tulipanes, mostrando un sonido inédito y unas emociones nuevas, en las que jamás habíamos reparado. Y entonces, como en El Elixir de juventud, "queriendo y sin darme cuenta / como un espejo, reflejo su brillo y color". Así no hace tanto recaí en las viejas canciones de La Granja, o recupero cada primavera discos de Modestia Aparte, o así es como el directo de La Unión vuelve a convertirse, como en un ciclo anual, en ese Tren de largo recorrido que un día nos prometió.

Son tantas las canciones ancladas a la playa como los amores y despedidas que entre ellas, y a sus sones, se arrullan cada verano. El pop español es marinero y triste, y marinero y alegre, pero marinero casi siempre. El mar es casi todo en la discografía de Los Limones, es un cabo al que se agarra Perales cada vez que quiere hacer una canción para toda la vida, y es el leve destello de la decepción en el último disco del añorado Manolo Tena. El mar es salitre y nervio en Los Flechazos y Cooper, una tormenta de salvación en las letras de Dorian, y presente perfecto en la música de Iván Ferreiro.

Recorro la orilla a esta hora en que el sol es una enorme y rojiza lengua de perro, cansada sobre el océano, y me van naciendo canciones y discos que había dejado dormir. Sureño y soleado, el Bombón que Sabina regaló a La Tercera República. Eléctricos y fatigados, Los Ronaldos en el rock de Quiero que estemos pegados. Sal y una tristeza marinera, en aquel eterno Salitre de Quique González. Y de fondo, mientras los bañistas solitarios van regresando a casa, como un tren que recorre la orilla entre fogonazos azules y túneles grises, me arrolla una y otra vez el Vendaval de Manolo Taracón, aunque el sol no deja de brillar ni un instante: "Ya no tengo miedo a lo que venga / tenga el nombre que tenga, me da igual". Y a su insistencia en soplar, las olas rompen de nuevo el castillo de arena de Frío, mientras la cálida tarde primaveral se nos acobarda ya entre escalofríos y sombras negras.

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