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Con cuatro copas de más
Itxu Díaz   |   20/10/2016
A veces la niña de los ojos bonitos se marcha con las últimas brumas del verano y Mala Suerte le hace una canción.
Qué bruma rosada, qué cantidad de hojas en el caudal de la calle, qué envoltorio tan húmedo para un otoño mil veces anunciado, y qué lejos el mar, al otro lado del camino que conduce al fogonazo vigía de las altamares. Qué silencio a la hora de la cena en la ciudad. Queda lejos Malasaña. Queda cerca Mala Suerte. Tiene mucho de las noches de lluvia en Madrid, a las que cantaron Los Modelos, este “Traje blanco de cartón”. Muy de la antesala de noviembre. “De vez en cuando”, como un torrente de una de estas madrugadas: “Cuando tengo sueño / y me siento helado / y solo me queda escaparme / para no acabar reventado”. Y como un relato sin final feliz: “Como en un cuento, tiene un triste un final / sin un lamento, / que se ahogue en el fondo del mar / y no puedo creer que te vayas así / no puedo apartar mi mirada de ti / y a mi alrededor todo se suspendió”. Tenemos a los chicos de nuevo flotando en la superficie de un chupito de Tequila, del más caro, y eso hoy, tantas tormentas después de que nos lloraran aquello de las noches que un día fueron: “hace tiempo que no me emborracho / y grito tu nombre por las avenidas”. Son el vagón de cola y la máquina, intercambiables, del tren de Mala Suerte. El que nunca se detiene y al que, si lo ves pasar, siempre estás a tiempo de subirte. Hoy es un buen día para saltar hacia dentro y dejarse llevar.

Hay amores imposibles al filo del otoño. No, ese no es el hallazgo. Lo sublime es saber cantarlos, borrachos de la oscuridad de los días enlutados. Y qué fácil parece hacer una canción como un torbellino, algo capaz de arrebatarte las lágrimas de la negra noche del alma. Y es que, sin solución, “No hay nada que hacer”. Porque para envolver cada despedida Mala Suerte siempre se saca de la manga un himno de fuerza, con César Álvarez aupando su voz a la de Laura Rubio: “Mírame otra vez / no lo quieres ver y voy a desparecer / solo quedará el recuerdo, de la huella / que dejó este invierno, hielo en vena”.

Da título al disco uno de esos temas en los que la chica de los ojos bonitos se desparrama por las esquinas de Madrid, sin dejarse cazar, pero sin desaparecer. “¿Qué me pasa contigo? Que siempre te busco en la ciudad / yo que iba siempre negándome a lo que pueda pasar / yo que iba siempre negándome”. Máxima la inspiración, y la conexión con los mejores momentos de Los Secretos, inevitable vínculo sentimental y artístico que, lejos de ser un lastre, enriquece a la banda cuando se da la magia, como esta vez: “Como la policía unos cinco o seis años atrás / patrullando en cada esquina / de La Latina hasta Tribunal / soñando encontrarte / tenías que estar en alguna parte”.

Con Álvaro Quesada firma Mala Suerte el gran hit del disco, capaz de levantar al oyente y sacar a bailar a todos los tristes del planeta. Y saltar. La fuerza de Mala Suerte, una letra inspirada y un estribillo con el que podríamos conquistar este invierno todos los bares de la ciudad, especialmente aquellos que estén empeñados en resistirse al buen gusto. “Y sin saber si hay red / me lanzo al vacío / trato de escapar de este mundo aburrido (…) me río de mi sombra / ¿qué es esto de ser decente? / prefiero ser informal”. Un himno para Mala Suerte porque, una vez más, han logrado atrapar toda su personalidad de grupo en unas cuantas estrofas.

Y al fin, tras la juerga, volveremos de nuevo a la melancolía, no exenta del divertido cinismo con el que César Álvarez acostumbra a redondear sus letras, para que no quede duda de que el talento no es pasajero, no es un momento jovial de inspiración, sino algo que lleva en los bolsillos tan lejos como llegue su guitarra y su bloc de notas. A veces la niña de los ojos bonitos se marcha con las últimas brumas del verano y Mala Suerte le hace una canción. Y al adiós no le sigue el dolor, sino el olvido. O casi. Un olvido que abraza la crueldad, y que admite que, a fin de cuentas, no lo es del todo: que hay rincón oscuro del corazón, que aún alumbra una mesa, una vela encendida y la belleza de su fotografía arrugada. Ocurre todo esto, yo lo imagino así, en otro guiño a su ciudad, a Madrid, en un medio tiempo eminentemente malasañero que, cómo no, lleva por título “Mala Saña: “Que ya ni / con cuatro copas de más / te busco en esta ciudad / mi gente ya ni te extraña / Que ahora voy / sin miedo a lo que dirás / yo ya puedo respirar / disfruta tu mala saña”.

En suma, es quizá lo más redondo que nos ha regalado Mala Suerte. Y van unos cuantos. Pero es que también hay “Leones”. Esos leones que han intentado tantas veces acabar con nosotros y ahora reciben nuestros mordiscos en las garras, en defensa propia. O hay también la dureza de un desengaño imposible de abarcar en “Todo mancha”, una canción como dinamitar los puentes a la espalda: “Terminarás diciendo que te vas / terminarás diciendo que no puedes soportar / sé que lo nuestro no es cierto / sé que se muere sin más / clavaste una daga en mi pecho / y después lo dejaste sangrar, sin ninguna piedad (…) “Solía pensar cuanto te echo de menos, cuánto te quiero / pero no es real / qué importa ya el final”. Como un portazo hueco hace temblar los andamios del corazón.

De principio a fin y vuelta a empezar, el álbum de Mala Suerte es un paréntesis en el tedio musical del momento -salvando las benditas excepciones-. Un rincón inspirador, alejado de todo trámite, y cargado de las mejores melancolías. Las que asoman en las noches de las dudas del amor, entre las ventanas de aquellas calles del olvido que, además, se alzan en el escenario que más cruelmente se bebe las despedidas, el de Madrid, de la Latina a Tribunal, o en los bares de Malasaña, que una vez nos quisieron robar las noches. Luego ya hemos sabido que toda quimera amorosa se diluye en sus calles, por muy sólido que sea el escenario. Pero Mala Suerte viene a recordarnos en su “traje blanco de cartón” que, entre los “sinsamores” de la vida emerge un vacío extremadamente propicio para ese frío, vaporoso, negro y punzante, con el que nos obsequia la ciudad a esta hora de la penumbra en que solo brillan los vasos bajos y el golpeteo de la nostalgia de una canción sin fecha de caducidad.

Hay un deseo de belleza, de eternidad, en todas estas canciones.

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