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El chispazo de Baileys
Itxu Díaz   |   04/01/2017
desde la vertiginosa cima de los 17 años en la trinchera de la música española, solo puedo agradecer a nuestros músicos y a nuestros artistas tanto arte.
Era tarde y llevábamos muchos discos en la cabeza. Creo que llovía. Y había tomado un par de Baileys. En esa época bebíamos cosas así. Dulces como un verano escuchando a La Granja. Llovía, ahora estoy seguro, y había que saberse todas las de Sabina para ligar con las rubias de pelo enmarañado, pero a las morenas más delicadas les gustaba ya aquel primer Lichis, o todo lo de Jarabe de Palo, o sabían bailar la sonrisa plateada de los Cómplices. Eran tan jóvenes que no tenían tiempo de enamorarse más allá de una canción. Pero había mil canciones rebuscando en los vinilos de pocos años atrás y tal vez hizo falta una botella de Baileys para compréndelo en su justa medida. Pistones, Los Flechazos, Burning, Gatos Locos, Nacha Pop, o Berlanga. La magia estaba allí escondida.

Quizá fue un trago largo y silencioso, una calada profunda y una nube sobre la mesa de billar, o el sonido de la bola negra, penosamente empujada otra vez a destiempo al mismo agujero. Fue todo eso y, ahora estoy seguro, la voz hueca de Enrique Urquijo desplegando "Otra tarde", y la reacción de los presentes al compás de cada acorde de seca melancolía, lo que me hizo pensar que había una misión en tierra de nadie, una deuda con Enrique, que ya había muerto, y con su generación, que aún estaba artísticamente naciendo. Un legado y mucho que hacer en un tiempo en el que el modelo tradicional de magazine estaba a punto de saltar por los aires.

De aquel chispazo de Baileys en una noche de lluvia, al Popes80 que después fundamos en aquel precario internet pasaron muchas cosas, muchos proyectos y no pocas ilusiones. Pero teníamos la determinación de que las buenas canciones del poprock español brillasen sobre todas las demás cosas y quizá esa fue nuestra única conquista.

Se nos han ido muriendo nuestros ídolos y algunos de los artistas que logramos volver a poner en el mapa con el cambio de siglo se han arruinado y malviven sin rastro alguno de aquella primera ilusión que desde Popes80 supimos un día inocularles. Pero sería injusto obviar que la mayoría están mejor que estaban, que otros han venido portando maletines de oro en su testigo artístico y que la música española sigue respirando mucho mejor que en 1999, cuando parecía que con Enrique Urquijo se moría lo último, lo que quedaba en la recámara. Como en su canción, murió para resucitar. Todo aquello lo hizo. Y desde la vertiginosa cima de los 17 años en la trinchera de la música española, solo puedo agradecer a nuestros músicos y a nuestros artistas tanto y tan buen arte, el que nos brindan en los malos y en los tiempos. Espero que, en nuestra medida, desde estás páginas, que son suyas, podamos seguir aportando nuestro granito de arena a su senda musical. En agradecimiento a tantas emociones como nos hacen sentir en cada disco y en cada escenario.
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