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El más bello ritual
Itxu Díaz   |   05/05/2017
Loquillo llevó el rock al Teatro Real, pero también llevó el Teatro Real a su rock.
No era la primera vez. Pero era la primera vez. Hay teatros y teatros y luego está el Teatro Real. Y aunque desde los 90 Loquillo actúa en ellos de manera recurrente, la de anoche era una ocasión inédita, porque el artista se subía por primera vez al gran templo del arte musical de Madrid, al emblema artístico de la ciudad, un espacio que hasta ahora había dado la espalda al rock. Una velada emocionante, pero también fundacional. El ambiente estaba prendido de un fuego renovador, entre la sorpresa y la complicidad con el que es, probablemente, el artista español que mejor ha madurado. Lo de ayer, no había más que ver el brillo en su mirada, quizá tenía algo de rito iniciático cultural.

Loquillo llevó el rock al Teatro Real, pero también llevó el Teatro Real a su rock. Entre la contención y la belleza, con sus canciones vestidas de honores para el célebre encuentro, para no distorsionar más de lo que merece la fuerza transgresora del momento. Y todo con un profundo respeto al lugar, a la historia, a lo que representa, a lo que es. Y todo apoyado en la magia de esa banda de jóvenes airados e ilustres que se ha construido, que le escolta y le quiere y se nota. El rock es armonía. Y el mejor rock de Loquillo es aglutinar talento a su alrededor, para crecer con ellos y que ellos crezcan con él. En eso están y cada vez mejor.

Con un repertorio sin ausencias, de un equilibrio perfecto entre lo que fue y lo que es hoy, Loquillo levantó pronto al respetable de sus butacas, tan pronto como el rock and roll, como el amor, hizo “de las suyas en los rincones”. Que fue esa colección de clásicos inmortales. Y ese Rompeolas -"búscate un marido con miedo a volar"-, y el Hombre de negro, y A tono bravo –“no comparto opiniones, dicto sentencias-, y El mundo necesita hombres objeto, y En el final de los días; de un tiempo a esta parte, de cada disco de Loquillo saltan una buena colección de canciones que parecen de toda la vida; temas que nacen vestidos de clásicos.

Se detuvo el reloj en el Real, a la hora crepuscular del show, cuando el Loco anunció una canción que “por fin llegaba al escenario en el que siempre debía haber estado”: el Cadillac solitario. Y aquello era el final y el comienzo, pero todos teníamos la impresión de que algo estaba empezando, porque a fin de cuentas no se ha inventado nada nuevo ni nada más intenso, ni temblor más inquietante que el del desamor, desde que Sabino Méndez lo escribió junto al Merbeyé, en la ladera del Tibidabo: “Quizás el Martini me ha hecho recordar / nena, ¿por qué no volviste a llamar? / Creí que podía olvidarte sin más / y aún a ratos ya ves”.

En Carne para linda la banda al completo se bajó del escenario y Loquillo recorrió, torero, cada rincón del Real, saboreando el momento con su gente, también con la gente a la que quiere, que no faltaba casi nadie de aquellos que le importan en una noche tan especial. “Y este es un buen lugar para hacer rockabilly” abrió un paréntesis de éxtasis de barrio, y el ilustre teatro madrileño vibró al ritmo de los más lejanos y gamberros éxitos del Loquillo más ochentero: “Quiero un camión” y “Esto no es Hawaii”. Insospechado y digno de estudio, esa manera tan solemne en que la banda ha logrado hacer de La mataré un huracán atronador, que suena cada año con más fuerza, con fuerza transformadora.

Antes, el grupo mudó su estética más rockera y se entregó a lo acústico y teatral, acordeón y cuerda, y voz templada para traer al teatro los versos, quizá, más afilados y certeros de Gil de Biedma. “A veces cantamos canciones a la edad que no nos corresponde, pero ahora sí que la puedo cantar”, proclamó el Loco, casi susurrando: No volveré a ser joven. “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde / como todos los jóvenes yo vine / a llevarme la vida por delante”. En el gran tributo del rock a la poesía contemporánea no faltó, por supuesto, Luis Alberto de Cuenca, sobre cuyos versos Loquillo firmó en 2011 uno de esos discos concebidos para la posteridad: Su nombre era el de todas las mujeres.
Luz y tablas. Veteranos, indudable, pero con melancolía y futuro. El ritmo del garaje y Rock and roll star, allí, recorriendo “las dimensiones del teatro”. Y con Viento del este, lo folk, la música europea, guiños a la poesía y al poderío cultural del rock. Guiños a sus compositores. Devoción a su banda, cerrado el círculo de la complicidad. Y un público, absorto, contento, emocionado, y diferente –menos tatuajes anoche y más corbatas, e idéntica la actitud- pero en entregada comunión.

En la resaca del whisky de dos hielos, y con los palcos aún con los pelos de punta: la noche ha sido importante para Loquillo, pero no ha sido menos importante para el teatro. Ya no hay ninguna razón para que el Cadillac solitario y el resto del bagaje, cultura cien por cien española, salga del Teatro Real. En una bonita alegoría de lo que representó lo de anoche, no es detalle menor que haya sido la presentación del LG G6 la que permitió la velada: los tiempos siempre están cambiando. A LG, a Loquillo –por saber respetar y respetarse-, y a los audaces responsables del Teatro Real hemos de agradecer la oportunidad de haber podido ver la sombra de John Wayne, Feo, fuerte y formal ya es la biografía oficial de Loquillo, asintiendo entre bambalinas ante el alegato rock de una noche para guardar en la memoria, por si algún día nos preguntan si estuvimos allí. Porque estuvimos. Y después, como En el final de los días, "tragando saliva", nos desperdigamos por las calles de Madrid, pero ya con "dos corazones tatuados".
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