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La española de los náufragos
Itxu Díaz   |   02/11/2017
Me detuve, o más bien me detuvo, en un extraño cruce de caminos, Rubén Pozo.
Vayámonos. Pero ya. Estaba escapando de la diversión extrema de una ciudad oscurecida por el otoño. Demasiado ruido en las calles para esas aceras regadas de hojas secas. Demasiada luz en los bares modernitos que se marca ahora Madrid, que parecen quirófanos. Demasiadas risas para estar en el abismo de ese noviembre de boca terrible, que nos engulle en su noche, a medio camino entre el Apocalipsis, la lobreguez de Poe y los horrores lovecraftianos.

Mis ojos vagaban en nada, como las ánimas errantes de San Juan de Duero en la leyenda becqueriana, por más que esta calle enloquecía en destellos en plena madrugada de tinieblas. Pero qué suerte. Qué suerte extraviarme en los callejones desérticos del norte del barrio, para bajarme del mundo con los cascos como orejeras contra el frío de la frivolidad.

Allí había encontrado el silencio y la penumbra propicia, amparado en los susurros de Diego Vasallo –infalible cuando se hunde el termómetro- bien apretados a los oídos para no escuchar mis propios pasos.

Entre pompas negras, los mates y sepias de sus fotografías de amor desafinado, y esa instrumentación de fábrica abandonada tan suya, resbalé de Diego Vasallo hacia Guitarra española, del nuevo 'Habrá que vivir' de Rubén Pozo. Me detuve, o más bien me detuvo, en un extraño cruce de caminos.

Fue entre el Marqués, la ilustre avenida del filósofo, con Ventas a tres canciones a mis espaldas, y las entrecalles angostas más oscuras del distrito. Giré sobre mis pasos una y otra vez. Círculos de pisadas ausentes. Mientras, me dejaba envenenar por estrofas de belleza, de duda, de bruma, y de un inexpresivo optimismo; quizá el que encierra la posibilidad de abrazarse a una guitarra española y calentarlo todo a última hora, incluso cuando el frío ha comenzado ya a celebrar su victoria.

No sé –sí sé- qué tiene Rubén Pozo cuando describe lo cotidiano, cuando escupe algo como Guitarra española y no lo esperabas. No por el resto del álbum, que ya habrá días para navegarlo, sino porque hay canciones que caen como flechas del cielo y te atraviesan los pies. Y te agarran al instante porque te hablan de ti. Ocurre pocas veces.

Porque era de noche. Y estaba a solas. Y Madrid, como en una canción de Santi Santos: “la mitad está de fiesta, la otra durmiendo la siesta”. Y pensaba en “megalomanías de señor drogado” y en “lo poco que hemos cambiado”. Y en que “hace frío en alguna parte”. Y con el drama sabatino de Moris que entristeció de belleza Enrique Urquijo en algún resquicio de la memoria. Y así, “con el santo con el cielo de Marte”, y con “una guitarra española, para rascarme”. Así fue.

Así fue. Porque tras el hallazgo, cerré la noche de espíritus errantes y melodramas urbanitas, y ya en mi refugio, acabé una canción muy oscura, guitarra en mano, y a solas. Mientras afuera aún ladraban los perros y la noche, sí, ya se había vuelto un túnel de humo exorcizado. Lo recuerdo ahora por esos versos de Rubén Pozo y por las marcas del vaho en la ventana del salón. Como un piano.

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