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Déjame que escriba para ti
Itxu Díaz   |   05/03/2018
Rosendo ha anunciado su gira de despedida de los escenarios y han crujido todos los altavoces del viejo Madrid.
A todo volumen, por supuesto, a Rosendo lo utilizo como ansiolítico. Y para vengarme en la mañana de las vecinas que organizan eternas fiestas de Erasmus con música salsona e impertinente. Rosendo es medicinal. Desde Ñu y Leño hasta De escalde y trinchera, todo en su discografía son remedios naturales: contra la indiferencia, contra el tedio musical, contra el abatimiento, contra los artistas impostados, contra el cielo nublado por los tontos con alas, contra el sueño, contra el mamoneo, y contra la sordera selectiva. Su directo: energía, actitud, talento. Aquella locura por incordiar se alzó tan larga y eterna que se volvió coyuntural, crónica e inmortal. Aquello era una manera de vivir.

Hay artistas y hay instituciones. Rosendo es ambas cosas. Los artistas, a veces, pasan. Las instituciones permanecen como en una suerte de inmortalidad. Rara vez se desvanecen. Hoy Rosendo ha anunciado su gira de despedida de los escenarios y han crujido todos los altavoces del viejo Madrid. Se han encendido esas luces tan molestas en los tugurios más oscuros, la luna se ha dejado el pelo largo y alguien ha destrozado una Stratocaster contra un bolardo en Carabanchel. Los gatos de mi barrio guardan un enigmático silencio. No es para menos.

Nadie puede decirle al viejo rockero que ha escatimado esfuerzos. Tantas décadas, tanto pasado y siempre con tanto presente. La rareza de Rosendo está en haber hecho de todo sin más ruido que el de su guitarra y el de esa voz rota tan llena de imágenes en la memoria. Su brillante madurez podrá estudiarse en esas academias del rock que hace años imaginó Jaime Urrutia. Lo que nos hace menos llevadero el trance de pensar en unos escenarios rockeros sin Rosendo es precisamente que éste era su momento, una vez más; que ha envejecido mejor que todos, que lo ha sabido hacer con oficio.

Tanto en sus nuevas canciones como en sus directos seguimos encontrando a un artista inquieto y entregado, radicalmente inspirado, nunca cansado. En cuarenta años, por supuesto, habrá altibajos y le habrá mordido alguna vez el veneno del desasosiego, la tentación de tirar la toalla –que no la guitarra-, pero el balance es el de un genio ascendente, aunque su carácter tan ejemplarmente humilde nos empuje a considerarlo más un cimiento que un embellecedor del rock español.

Por suerte para nosotros, que le queremos y admiramos, Rosendo no puede irse. A pesar de que a veces cuesta llegar al estribillo, no existe ninguna posibilidad de que Rosendo cuelgue la guitarra del todo mientras no le corten las manos. Y antes se dejará cortar la melena que las manos. Su gira de despedida cierra una etapa y enfoca al horizonte de un merecidísimo descanso. Pero la puerta de su rock no puede cerrarse. No va a cerrarse. A fin de cuentas, siempre hay una historia, siempre habrá una historia.
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