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Opinión> Desde la Costa

El grosor de la brocha
Itxu Díaz.   29/06/2010


La gran batalla del escritor de canciones es salvar su sensibilidad. De su capacidad para conservar la inocencia, la capacidad de plasmar la belleza adquirida, o la agudeza al percibir el mundo, depende el fruto de su trabajo. Hoy esta tarea es más difícil que nunca. Y los resultados están ahí, en las canciones. Afronto hoy una cuestión compleja, de más profundidad y extensión de la habitual en esta Costa. No es casualidad. Las circunstancias obligan. Por eso creo que merece la pena afrontarlo, pidiendo disculpas previas por las posibles generalizaciones, que pueden ser injustas.

En el gran siglo de las comunicaciones, y con el relativismo haciendo que el arte sea sólo un cajón desastre donde cualquier basura es equiparable a las mejores obras de la Historia, ya nada puede sorprendernos. Hemos visto casi todos los horrores del mundo a través del televisor, o de la pantalla del ordenador. Nos hemos emborrachado de belleza, de mundo, de amor, y de arte, pero también de basura, de sangre, de contaminación intelectual, y de estupidez. Sofocados por el aluvión de estímulos de la era digital, creemos haberlo sentido todo y, en cambio, hemos olvidado precisamente sentirlo. Engullimos el mundo sin masticar y puede que el mundo nos invada y nos posea, pero nosotros a él no, porque no hemos podido asimilarlo. Los artistas no viven al margen de esta epidemia que merma el sentimiento y la razón de la sociedad más comunicada, y paradójicamente más aislada, de la historia.

La capacidad del artista para ahondar en el corazón del hombre, o para detener un instante de belleza en una canción o en un cuadro, no es más que su capacidad de sentir y comprender lo que pasa por delante de sus ojos. Esa rara permeabilidad que permite que las cosas que ocurren a su alrededor dejen huella en su corazón. Muchos de nuestros artistas han dejado de ser bohemios, para formar parte de un mundo histérico y superficial, que extermina su capacidad creativa, encarcela su libertad, y enfría su sensibilidad, arruinando sus obras futuras. De la visión romántica de la vida que lucían antaño en su interior, hoy sólo queda su aspecto externo. Un toque de provocación en el peinado, un ademán de rebeldía en el escenario. Nada. Han olvidado leer, han olvidado sentir, han olvidado aprender y, en definitiva, han olvidado vivir el doble. Porque, tradicionalmente, los artistas siempre han vivido el doble, aunque mueran a la misma edad que el resto de los mortales.

Lo he comentado últimamente con algunos amigos que viven de esto. Podría engañarles, pero me desanima el resultado de algunas de las conversaciones. Creen que uno puede pensar de una manera y escribir de otra, sentir de una forma y reflejarlo de otra muy diferente. Creen que uno puede ahogarse en frivolidad, saturar su sensibilidad con todo tipo de estímulos simultáneos, abandonar la razón, y, al tiempo, comprender la interminable belleza de una puesta de sol de verano y reflejarlo con acierto en una letra inolvidable. Digan lo que digan de palabra, da igual. Porque, de hecho, eso es imposible. Basta asomarse a sus canciones.

De un tiempo a esta parte, me cuesta encontrar canciones –letras- redondas entre muchos de los míos, entre esos artistas a los que sigo desde hace años, cuando todavía no habían convertido la tarea de componer en un trabajo de oficina. Cuando para ellos escribir canciones no era como girar la manivela de la máquina de churros. No es cierto que sea la edad, que se apague el genio creativo. Yo no creo en la inspiración, ni en el trabajo, de manera excluyente. Creo que una obra maestra sale de la combinación de ambas cosas, y estoy convencido de que esa magia puede volver a darse años después. Por tanto, la sequía de sus últimos discos –excepciones al margen- no es ley de vida, ni el final de un ciclo. Es un problema más profundo.

Estos días que pasan nos invitan a abarcar el mundo a grandes rasgos, a ingerir altas dosis de emociones, a adaptar el pensamiento a unas pautas que otros han trazado antes. Estos días mezclan el culto a lo sentimental –una imagen vale hoy mucho más que mil palabras, y ese precio es sencillamente un atraco-, con el desprecio por la filosofía, que es la forma más humana de acercarse a la realidad, de descubrir la realidad. No es casualidad la imposición de este cóctel disolvente. Se ha escrito mil veces que apelar a los sentimientos extremos de los individuos es la forma más sencilla de conseguir que se desplacen en masa hacia donde sea preciso. Y añado que acabar con la filosofía es la manera más rápida de garantizar que esos individuos no ejercerán su legítimo derecho a la libertad de pensamiento. Nunca como hoy tanta gente ha estado de acuerdo en las mismas estupideces.

Por supuesto, todo esto tiene consecuencias, también en el mundo del arte. Al fin y al cabo, mientras la bohemia siga reduciéndose a fumar canutos y beber litros de güisqui entre bambalinas, los artistas también serán víctimas de los aburridos estereotipos de sentimiento y razón que padecemos todos los demás. Nada les hace diferentes por fuera. Se ha escrito de la soledad del escritor, del pintor o del músico como si sólo fuera un porte exterior, pero era mucho más que eso. Mientras el artista no se enfrente valientemente a las grandes preguntas de la belleza universal, de los grandes sentimientos, de la existencia, o de la razón de ser de las cosas que vemos, olemos y tocamos, permanecerá atado de manos durante la tarea de plasmar la vida en su obra, en sus canciones. Puede acertar un día, sí, y dar en la diana. Pero, sin ánimo de restarle méritos, también a veces aciertan los monos.

LOS LIBROS DE ITXU DÍAZ


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