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por
Itxu Díaz (Director Popes80.com)
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" ¿Quién no los ha visto alguna tarde, escribiendo esas
canciones?" |
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Tiene el cuerpo manchado por el tiempo.
La última de las luces nocturnas que acarició su cara se la pintó de
negro, robándole el brillo de los ojos, tendiéndole la trampa de las
ojeras como valles siniestros. Y así se ha quedado. Gris, vago, inerte,
afligido, no parece que vaya a abandonar nunca su búnker sentimental. En
su mirada al amigo, endulza el gesto unos segundos aunque se vuelve hostil
ante mis insistentes preguntas. Por eso ya casi nunca las hago. Acostumbra
a tapar su vacío con adrenalina.
La noche lo vuelve todo grande y
pequeño. Y azul, a veces, cuando suenan las canciones que nos han visto
crecer. Él lo sabe como nadie, por eso quiere dejar la huella en el
reparto de las sensaciones, desde la cabina o atrincherado en un
escenario, sintiéndose nada, perdiendo el miedo a reír en público. Besando
los aplausos con la ternura de una madre, abriendo el alma a lo extraño.
Lo he visto cien veces entrando en la
compañía de discos, en la cola del comercio o comprando el periódico.
Devora las noticias con entusiasmo aunque de pronto se enfada y recita
versos en latín sobre la genealogía de cualquier columnista gilipollas. Se
pasa por la tienda de discos, no compra, pero saluda al jefe. Juan intenta
convencerle de otro grupo que se va a comer el mundo aunque ya nadie se
cree más de la cuenta esos cuentos de hadas. Él mueve la cabeza hacia los
lados, le pasa el brazo por el hombro y le explica que no, que no le
interesa, que no quiere saber nada de todo lo que está atascando la
cañería. Ni de la propia cañería. Ni de quien vino a instalarla, ni de lo
que arrojaron para desatascarla y se vendió al enemigo fluido engañoso,
trazando el plan de la obturación final. Quienes lo tratamos sabemos que
hace tiempo que alquiló su parcela en el desagüe, por no hacerse ilusiones
que pueden terminar en lágrimas, bajando la cañería.
Creo que he olvidado decirlo sin el
viaje de la cañería, pero aborrece el hedor de la industria. Lo he visto
perdiendo el sentido en la sala del astrónomo, contemplando una prueba de
sonido. Los músicos, molestos, intimidados por la mirada de un ser que
creen superior, desconocen la pequeñez y cobardía de sus manos, la dulzura
de su corazón inquieto, zigzagueante, perdedor. No es sabio porque nadie
se lo ha negado aún. Desconfía del elogio del prójimo, del aplauso
extremado, de la voz en grito. No entendería mi ovación en prosa a su
arte, si no fuera anónimo. No cree en lo que aseguran de él, pero busca
con firmeza que digan lo que, ante la evidencia, no pueden decir de él.
Bracea como un buzo ebrio contra la impotencia de su mente, de su cuerpo,
de su voluntad.
Lo contó en alguna canción, seguro,
pero no la recuerdo. Recordábamos el anonimato mientras caía el día.
Mirando al horizonte, junto a él, estuvimos varias horas acariciando la
playa, tirando piedras al mar, decidiendo quién debe llevar el timón.
Pasada la medianoche, rompimos el timón. Si nos dejan dos horas más de
soledad, de debate en silencio, rompemos también el horizonte. Si no fuera
por su amistad, sería por otra cosa, pero no es fácil ocultar la
complicidad del silencio cuando está lejos de su vitrina. Su escenario, su
vitrina.
No ha muerto porque no existe. No
existe y llena la tierra a la vez. No he visto su historia en sólo un
rostro. El esplendor de su biografía y el vacío de su corazón bailan cada
noche por los bares, de incógnito, haciéndonos creer cualquier otra cosa
en lugares donde nadie es nadie. Nadie. Nadie quiere saber qué hay en
frente, ni detrás, ni debajo. Existen esos lugares.
Estos héroes, sedientos de un futuro
diferente, de otra suerte de vida, con todo y más, se apuntan en manada a
diario a clases particulares para aprender a sonreír. Los ves allí, pagada
su matrícula con real formalismo, y parece que toman notas en sus
pupitres, pero hacen canciones. ¿Quién no los ha visto alguna tarde,
escribiendo esas canciones? Pidiendo auxilio con la mirada, deseando
saltar de dentro hacia fuera, para volver a subirse al vagón lleno y dejar
el vacío para componer. Sólo para componer.
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