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DESDE LA COSTA... a 8 de septiembre de 2006

Te cruzas con ellos

por Itxu Díaz (Director Popes80.com) 

" ¿Quién no los ha visto alguna tarde, escribiendo esas canciones?"

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Tiene el cuerpo manchado por el tiempo. La última de las luces nocturnas que acarició su cara se la pintó de negro, robándole el brillo de los ojos, tendiéndole la trampa de las ojeras como valles siniestros. Y así se ha quedado. Gris, vago, inerte, afligido, no parece que vaya a abandonar nunca su búnker sentimental. En su mirada al amigo, endulza el gesto unos segundos aunque se vuelve hostil ante mis insistentes preguntas. Por eso ya casi nunca las hago. Acostumbra a tapar su vacío con adrenalina.

La noche lo vuelve todo grande y pequeño. Y azul, a veces, cuando suenan las canciones que nos han visto crecer. Él lo sabe como nadie, por eso quiere dejar la huella en el reparto de las sensaciones, desde la cabina o atrincherado en un escenario, sintiéndose nada, perdiendo el miedo a reír en público. Besando los aplausos con la ternura de una madre, abriendo el alma a lo extraño.

Lo he visto cien veces entrando en la compañía de discos, en la cola del comercio o comprando el periódico. Devora las noticias con entusiasmo aunque de pronto se enfada y recita versos en latín sobre la genealogía de cualquier columnista gilipollas. Se pasa por la tienda de discos, no compra, pero saluda al jefe. Juan intenta convencerle de otro grupo que se va a comer el mundo aunque ya nadie se cree más de la cuenta esos cuentos de hadas. Él mueve la cabeza hacia los lados, le pasa el brazo por el hombro y le explica que no, que no le interesa, que no quiere saber nada de todo lo que está atascando la cañería. Ni de la propia cañería. Ni de quien vino a instalarla, ni de lo que arrojaron para desatascarla y se vendió al enemigo fluido engañoso, trazando el plan de la obturación final. Quienes lo tratamos sabemos que hace tiempo que alquiló su parcela en el desagüe, por no hacerse ilusiones que pueden terminar en lágrimas, bajando la cañería.

Creo que he olvidado decirlo sin el viaje de la cañería, pero aborrece el hedor de la industria. Lo he visto perdiendo el sentido en la sala del astrónomo, contemplando una prueba de sonido. Los músicos, molestos, intimidados por la mirada de un ser que creen superior, desconocen la pequeñez y cobardía de sus manos, la dulzura de su corazón inquieto, zigzagueante, perdedor. No es sabio porque nadie se lo ha negado aún. Desconfía del elogio del prójimo, del aplauso extremado, de la voz en grito. No entendería mi ovación en prosa a su arte, si no fuera anónimo. No cree en lo que aseguran de él, pero busca con firmeza que digan lo que, ante la evidencia, no pueden decir de él. Bracea como un buzo ebrio contra la impotencia de su mente, de su cuerpo, de su voluntad.

Lo contó en alguna canción, seguro, pero no la recuerdo. Recordábamos el anonimato mientras caía el día. Mirando al horizonte, junto a él, estuvimos varias horas acariciando la playa, tirando piedras al mar, decidiendo quién debe llevar el timón. Pasada la medianoche, rompimos el timón. Si nos dejan dos horas más de soledad, de debate en silencio, rompemos también el horizonte. Si no fuera por su amistad, sería por otra cosa, pero no es fácil ocultar la complicidad del silencio cuando está lejos de su vitrina. Su escenario, su vitrina.

No ha muerto porque no existe. No existe y llena la tierra a la vez. No he visto su historia en sólo un rostro. El esplendor de su biografía y el vacío de su corazón bailan cada noche por los bares, de incógnito, haciéndonos creer cualquier otra cosa en lugares donde nadie es nadie. Nadie. Nadie quiere saber qué hay en frente, ni detrás, ni debajo. Existen esos lugares.

Estos héroes, sedientos de un futuro diferente, de otra suerte de vida, con todo y más, se apuntan en manada a diario a clases particulares para aprender a sonreír. Los ves allí, pagada su matrícula con real formalismo, y parece que toman notas en sus pupitres, pero hacen canciones. ¿Quién no los ha visto alguna tarde, escribiendo esas canciones? Pidiendo auxilio con la mirada, deseando saltar de dentro hacia fuera, para volver a subirse al vagón lleno y dejar el vacío para componer. Sólo para componer.



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