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por
Marta Galán (Redacción Popes80.com)
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"Supongo que la clave está en ponerle una melodía más tranquila a
la vida estas semanas, en tratar de no seguir el ritmo impuesto. " |
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El domingo me llevaron a ver las luces al salir del cine. Un regalo o una
sorpresa para que se me quitara la cara de mister Grinch que se me pone en
Navidad. Pero eran más de las once y ya estaba todo apagado, así que pude
refunfuñar a gusto sin esperar un rapapolvo por haberme olvidado el
espíritu navideño en los altillos del trastero. Ortega y Gasset, Serrano,
la Puerta de Alcalá... No tenían colores, pero me los describieron con
tanto detalle que casi podía verlos, y por un momento, al alcanzar
Cibeles, pensé que estaba bonito Madrid.
Ya en la Castellana, mientras mi cicerone se esforzaba en descuidarme una
sonrisa, me di de bruces con esos adornos que a mi acompañante no acababan
de convencerlo. Me parecieron cientos de pentagramas volando por el cielo
y sin apenas darme cuenta me sentí más contenta. Fue un regalo inesperado
que sí me sorprendió. Pensé en pentagramas vacíos y me pregunté dónde
estarían todas las notas que se habían escapado, si dispersas por el
centro de la ciudad o si habrían ido a cumplir algún cometido especial; si
se encargaban, por ejemplo, de que las personas que pasean por el centro
lo vean todo con otros ojos durante este mes.
Entre sus líneas y espacios me puse a pensar en qué música podría
acompañarme en ese momento, y sin embargo sólo tenía ganas de escuchar
silencio. La duración no la recuerdo. Tal vez fue un segundo, pero el
puntillo mágico de ese lugar prolongó la nota de despreocupación y sosiego
que estaba viviendo. Un instante redondo, una noche negra, una sonrisa
blanca a mi lado y mi tristeza semi(di)fusa. En ese conjunto de notas y
silencios, en el compás que dividía nuestra alegría a partes iguales, me
sorprendí pensando: “Tiene bemoles que no me guste la navidad”.
Supongo que la clave está en ponerle una melodía más tranquila a la vida
estas semanas, en tratar de no seguir el ritmo impuesto. En pararse a
verlo todo con otros ojos, en no seguir la pauta y probar otras
combinaciones. Alteraciones propias, como comer turrón hasta reventar sin
miedo a coger algún kilo ni a cómo perderlo en enero, y alteraciones
accidentales, como salir a disgusto a ver Madrid en Navidad y encontrarse
con una música inesperada.
Un pentagrama,
con sólo
cinco líneas,
me dijo
muchas cosas. Feliz Navidad. |