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por
Marta Galán (Redacción Popes80.com)
| "Las cartas se han cambiado por mensajes al foro, los autógrafos han dejado paso a las fotos con el móvil" |
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Los
lunes me despierto con propósitos. Me digo: esta semana, ni un concierto,
pero normalmente no he acabado la primera jornada y ya estoy pensando en
ir a algún lugar.
Lo
bueno (y lo malo) que tiene Madrid es que cuando no tocan unos, tocan
otros. El Búho real, el Costello, el Honky... Siempre hay algún motivo
para salir de casa. Un mes sin ver a Indras, presentación de Mala suerte,
a ver qué tal suenan estos... Al final, cuando llega el jueves, ya estoy
cansada, y entonces me digo: qué verdad eso de que no se puede vivir sin
música.
Absorta
en mis pensamientos, recordando el último concierto, el jueves pasado, me
preguntaba si, con tanta música, me estaré volviendo groupie.
Movida
por la curiosidad y la preocupación, he estado husmeando estos días
sobre el significado de fan. Bueno, casi todo el mundo debe saber que es
una abreviatura de fanatic, que viene de la palabra latina fanaticus
(=frenético, inspirado por Dios), pero a mí no me ha hecho mucha gracia
caer en la cuenta. No mientras a esos adjetivos se les vea sólo el lado
negativo. Cuando perseguían a Elvis o acosaban a los Beatles no estaban
tan mal vistos.
El
groupie de verdad es una especie a extinguir. De aquellos de los 80, como
los de Hombres g o Mecano, ya no quedan. Ahora, los gritos de la niñas no
suenan igual, los escenarios se llenan de objetos adolescentes en contadas
ocasiones, las carpetas están forradas con actores y la inocencia también
escasea. Las cartas se han cambiado por mensajes al foro, los autógrafos
han dejado paso a las fotos con el móvil, lo más parecido a un póster
son los fondos de pantalla y apenas se firman discos porque pocos querrían
dejar su huella en uno comprado en el top manta.
Mientras
todas estas cosas me venían a la cabeza, otra se me iba con la misma
rapidez. Quería autoproclamarme groupie de Indras; al fin y al cabo voy a
casi todos sus conciertos, cuando algo bueno les sucede, me alegro también,
cuando no tocan, los extraño, entro y salgo del foro con frecuencia, me sé
sus canciones e incluso cosas de sus vidas. Al final, he desistido. Ser
groupie tiene muchas complicaciones. Si hay que soñar con ellos,
desmayarse y tengo que llorar en los conciertos, creo que paso.
Muchas
veces se utiliza la palabra groupie en tono despectivo: “mira esas
groupies”, “pareces una groupie”... como si fuera algo malo. Cierto
es que la línea que distingue, creo, a un fan de un obsesivo puede llegar
a ser muy, muy delgada, pero si esa admiración se produce –casi- únicamente
por la música, no debería ser así. En realidad, al final son ellas y
ellos los que ponen la sal y el cariño a los grupos y quienes están detrás
para animarlos en los malos momentos. Irán a cualquier concierto -llueva,
truene o se acabe el mundo-, cantarán hasta desgañitarse, desafinarán
si hace falta, los anunciarán, los alabarán, los querrán sin
condiciones. Algunos, los más agradecidos, hasta les dedican alguna canción.
Es tan simple como que si no fuera por los seguidores de un grupo, no habría
grupo.
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