|
por
Marta Galán (Redacción Popes80.com)
| "Últimamente no se ve tanto, pero junto a las vías del
metro se han formado muchos de nuestros artistas" |
|
Publicidad
|
|
|
Estos
días, en Madrid, los operarios de metro han estado de huelga. Los trenes
han pasado menos y era un engorro moverse por la ciudad. Entre la
impaciencia que me provoca el subterráneo y este imprevisto, una vez, y sólo
una, decidí optar por el autobús. Me pareció la mejor opción, pero
entre que salí, llegué a la parada y apareció el bus, se me fue más
tiempo del que había calculado. Acostumbrada a la vida en el metro, el
trayecto fue muy aburrido. Por lo menos en la línea 1 -pensaba- hasta que
llego a Gran Vía siempre ocurren, al menos, un par de sucesos
interesantes, mientras que en el autobús lo más emocionante que puede
pasar es que las señoras mayores se quejen de la poca puntualidad que
lleva el conductor y que además, si te descuidas, te peguen un codazo.
En
el metro, a pesar de resultar claustrofóbico a veces, se respira más
vida. Sobre todo por la música. En cualquier momento, en cualquier vagón,
pueden aparecer unas notas, e incluso algunos viajeros se animan a bailar.
Si tienes suerte, puede que incluso te cruces, al subir las escaleras o en
la estación del Retiro, con alguna promesa.
Últimamente
no se ve tanto, pero junto a las vías del metro se han formado muchos de
nuestros artistas. Los componentes de Guaraná lo saben bien: “Cuando
llegamos a Madrid”, comentaban en una ocasión, “tocábamos en el
metro para sacar algún dinero. Un día una señora de unos 70 años se
acercó a escucharnos y nos llenó la funda de caramelos y monedas. Nos
dijo que era todo lo que tenía, pero que quería darnos las gracias por
haberle alegrado el día. La canción era `La casa de Inés´”.
“Yo
empecé tocando en el metro en París”, recordaba Manu Chao en una
entrevista, “y tocar en el metro hace 15 años era nuestra manera de vivir.
Ahora es mucho más complicado y hay milicias que controlan quién toca y
dónde".
Recuerdo
que cuando Javier Álvarez sacó su primer disco y reconoció tener una
larga trayectoria “callejera”, todo el mundo aseguraba haberle visto
tocando alguna vez en el Retiro, e incluso haberle echado algunas monedas.
Yo tenía por entonces unos 15 años y, en sueños, me imaginaba cruzándome
con él mientras cantaba “Uno, dos, tres, cuatro”, algo que, por
supuesto, nunca se produjo. Javier siempre dice que ésa fue una de las épocas
más libres y divertidas de su vida.
Hace
un tiempo leí una entrevista a un grupo argentino, La Herejía, que lleva
años tocando con artistas españoles y en algunas de las salas más
famosas de Madrid. El periodista le preguntaba: “¿Hay alguna diferencia
entre tocar en el metro o en la sala Galileo?”; a lo que uno de los
componentes respondía: “Sí, cuando tocas en el metro comes seguro!”.
Es divertido, pero también es real. Tal y como está el mundo de la música
en nuestro país, un día tocando en Cuatro Caminos renta más que una
noche de concierto. Y no es por dar ideas, que la normativa en todas las
ciudades españolas es muy estricta en estos temas: que si los músicos no
pueden molestar (¿), que si no se pueden utilizar percusiones, que si hay
que variar el repertorio (¡)...
Antonio Orozco también tuvo
que recurrir al metro para poder cantar, hasta que un día, -un buen día
para todos los que lo seguimos- una compañía se fijó en él. Manolo
Tena, Ismael Serrano, Ella baila sola o Ñaco Goñi pasaron por los mismo,
y los que no lo han hecho, han tenido tentaciones: el mismísimo Quique
González, cuando hace unos años publicó aquella declaración de
intenciones con la que luchaba contra la industria discográfica, aseguró
que recurriría a esta fórmula si era el modo más puro de llegar hasta
sus seguidores.
Al
volver de Semana Santa leí que por fin los operarios de metro habían
llegado a un acuerdo con la empresa. Me alegró no tener que volver a
aguantar pisotones y malos humos en el bus, pero más todavía moverme por
el subsuelo de Madrid rodeada de notas.
|