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Popes80 | 17 agosto, 2019

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El sueño

El sueño
Itxu Díaz
  • On 3 abril, 2019
  • http://www.itxudiaz.com

Escucho El sueño. Un cigarro humeante, una copa de vino, una luna sangrando penumbra azulada en el cristal. Tengo una antología de Rilke abierta, desmayada sobre las piernas, con versos durmientes resbalando al abismo del suelo. Canta Santi Santos: “Ordenar las ideas de ayer / ver que cambia todo otra vez / tantos puentes que ya quemé / no puedo retroceder”. Es la penúltima canción de aquel álbum de 1992. Parece una broma. Los Limones ocultan canciones eternas en las últimas dobleces de sus discos. “Preguntar a la vida su ley / qué difícil obedecer / llenar el vacío con más / preguntas que resolver”. Y aún estos días, en las entrevistas de Nos vimos en los bares, hay quien me pregunta por qué digo que Santi Santos es el mejor letrista del pop español. Escribir canciones bonitas lo puede hacer, supongo, cualquiera. Escribir historias que resisten con vigor el paso del tiempo, que te atraviesan el alma veinte años después como si fuera la primera vez, está solo al alcance de los ungidos.

Una pareja discute en el piso de arriba. Hay una extraña tranquilidad en la calle. Y el vecino ha vuelto a dejar solo al perro, que interrumpe El sueño con ladridos desesperados. No sé si es una noche más. Una cualquiera. Pero sí sé que tiene una luz diferente por estas canciones que tiñen la atmósfera de una densa melancolía. El mar se oculta detrás de esa mole gris. Pero ahora entra por la ventana porque Los Limones han subido la marea: “La capital del mar / farol que alumbra el puerto / la rosa de los vientos / paraíso secreto”. Es La capital del mar, Ferrol: “Corazón racional / orgullo marinero / modernista, ilustrado atuendo / luz en el firmamento. / Cabalgo y a cantar / bendita de mis sueños / eres la ría de mi vida / remontaremos el vuelo”.

Ha empezado a entrar frío en casa. No queda ni rastro de la luz de la tarde. Las bombillas duermen desde anoche. No llego a la manta por más que estiro los dedos. Podría comenzar a llover azufre sobre este sofá y daría igual porque no tengo ninguna intención de moverme. Hay un estado entre el sueño y la realidad, entre la emoción y las canciones, entre la extraña sensación de la soledad y la compañía de una voz, que no se puede describir, que es hierático y ambiguo. Que se parece a las huellas de la resaca en la bajamar. Tal vez haya en él siluetas de lo que suena ahora: “Sigo el camino de noche y de día me busco una vía donde aparcar / estoy perdido y, sin aparentarlo, retuerzo la vida para no pensar / que tengo mucho y sin embargo me da / por la alegría de la infelicidad / y ya ves que ahora voy mal / a quién le importa el final”.

Sospecho, mientras baja el telón estrellado de la noche, que las horas y las canas nos han caído como las canciones de Los Limones, forjando un paisaje de bellezas, de derroteros emocionales que han quedado para la posteridad reflejados en los poemas de la guitarra y la voz de Santi Santos; “superviviente de cuerpo y de mente”. “Con esta edad, este presente / tan digital, inteligente / es natural cuando te sientes / un poco extraterrestre entre la gente”. Lo canta ahora en la brumosa frontera del duermevela y, por un instante entiendo todo aquello que me es ajeno al otro lado de ese frío cristal empañado.

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