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Popes80 | 8 diciembre, 2021

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El universo de Dani Royo

El universo de Dani Royo
Itxu Díaz
  • On 11 noviembre, 2021
  • http://www.itxudiaz.com

Ocurrió la otra noche. Había, en el techo del baño, un corazón quemado con un atisbo de urgencia. Amor tal vez de otro siglo. Pensaba, creo, en la suerte de esos enamorados, y en su lejano destino. De pronto, del otro lado de la pared, llegó el temblor de unas notas desvanecidas, amortiguadas por el ladrillo y la distancia. Inconfundibles. Eran acordes de Antonio Flores. Una espina. Proyectaba su voz como él lo hacía. Sentía la canción como él la sentía. Qué extraño se vuelve el tiempo cuando ocurre algo así. De algún modo, frente al escenario, ya elevado el sonido al cielo de la sala, estaba viva aún la zarpa que desgarró la herida del artista que siempre añoramos.

Allí estaba Dani Royo, guitarra en mano, y su banda, un diapasón con alma. Lo veía al fin en directo, haciendo, de una noche vulgar, algo especial. Buena parte del público también lo escuchaba por primera vez. Los vi caer –caímos- lentamente a los pies del escenario, como las Perseidas en cualquier noche de finales de julio, mientras la banda desplegaba el repertorio, entre sus propias canciones, crecían felices las de Los Secretos, La Guardia, Danza Invisible, Nacha Pop y tantos otros. Las banderas de nuestra música izadas bien arriba. La fiesta.

Caras de ilusión. Coros y palmas. Miradas de complicidad. Todos entregados a la comunión del músico y sus canciones; y las de los demás. Porque, si algo me anoté de la velada en un papel precario que se me esfumó, es que Dani Royo se viste de música, y luce sus maneras y su particular sonido, su alma, tanto en los temas propios como en los homenajes que concede a otros: esos preciosos tributos al acervo cultural común del pop español.

Quizá porque ha crecido escuchando los sonidos, las letras y las historias que a todos nos encienden la luz del alma. No lo sé. Pero lo que a otros mueve a chasquear los dedos, bailar y aplaudir, o a apagar el corazón roto en el techo de un bar, a Dani le reviste de inspiración y energía para alumbrar nuevas canciones con duende propio, con las que llena la maleta de los sueños que regala. Si empieza el show, como en su propia canción, pide la palabra, y entonces se entrega al universo. Y la entrega es mutua.

Pensaba entonces -también lo anoté en el cuaderno perdido-, que Dani Royo es un lugar. Su directo es la entrada a un mundo diferente. Al otro lado de la cristalera, el paisaje se vuelve gris y anodino. Ya el tiempo no existe. Solo el temblor colorido de la banda, la emoción afilada de cada canción, y los recuerdos y emociones que viajan por la sala, en latidos en los que todos nos reconocemos.

No hay ni un gramo de impostura en su arte. Por eso sentimos sus canciones como si fueran parte de nuestra historia. Las canta, las estrena sobre el escenario y, al instante, las protagonizamos, nos las bebemos y, si la ocasión es propicia, las dedicamos. Como aquel Antonio, como Enrique Urquijo, como Antonio Vega, nadie encontrará trampa alguna en sus letras e historias, sino el trasluz de lo que lleva dentro, mientras su música es fruto inspirado de un camino de trabajo y talento hacia el horizonte del ritmo.

Escribo esto cuando estoy a un rato de verlo actuar de nuevo. Ahora en acústico, en el mismo bar de la Marina coruñesa donde garabateé años atrás buena parte de las páginas de Nos vimos en los bares; lástima no haber sabido de él en aquella hora de escribir mi historia sentimental del pop español. Pero, aun así, una vez más se demuestra que los caminos del arte y la emoción se cruzan si han de cruzarse, y allí lo harán esta noche, en el mismo lugar donde pude sellar en letras un testimonio musical inolvidable.

Tal vez mañana tendré palabras nuevas que añadir, matices con que engrandecer aún más el impacto inicial. Pero esa es otra historia. Hoy solo quería dejar constancia de la primera vez, captar el pálpito de esas pocas veces en que te acercas a ver a un artista en directo y, al segundo tema, hundida el alma en un vaso de ron, te alegras, lo brindas, y lo vas guardando todo en el cajón de lo bonito, para que no se te pierda de vuelta a casa.

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